Karl Polanyi: desarraigo económico y el mercado autorregulado en la era global.

Antonio Berthier

Karl Polanyi y la utopía del mercado autorregulado

En 1944 Karl Polanyi publica la gran transformación (Polanyi, 2003), obra clásica en la que explica la crisis económica mundial de las primeras décadas del siglo XX así como las Guerras Mundiales que le siguieron y el advenimiento del fascismo como una serie de consecuencias perversas de la economía de mercado autorregulado que se vino configurando a escala mundial desde la Revolución Industrial.

Para Polanyi, el gran mito del liberalismo acerca de la capacidad de los mercados de regularse por sí mismos y distribuir los beneficios de acuerdo con el libre juego de los egoísmos, ha ocasionado un drama humano que aunque su máxima expresión ha sido el conflicto armado, su origen se encuentra en la subordinación forzada de las relaciones sociales así como del mundo natural a la lógica del comercio internacional. Este proceso no ha ocurrido de manera espontánea, no ha obedecido a determinación alguna sea de carácter natural (como lo afirmaría el liberalismo) o histórico-dialéctica (como le objetaría el colectivismo); el proceso de subordinación ha consistido en la pérdida del arraigo social de la economía en tanto que actividad

humana destinada a satisfacer fines sociales y en el sometimiento de las relaciones sociales que le dieron origen debido a la mercantilización de los procesos productivos y la imposición por la vía de decisiones estatales de políticas inspiradas en el dogma de la desregulación y la libertad de intercambio defendidos por el liberalismo filosófico.

Para Polanyi, contrariamente a la creencia del liberalismo, el intercambio de productos del trabajo y la mentalidad mercantil orientada a la ganancia por la vía de la realización de los bienes en el mercado no constituye ni la forma de organización social “natural” ni la condición para el establecimiento de un patrón de comercio internacional. Las formas originarias de organización social partían de principios tales como la reciprocidad, la distribución y la actividad hogareña. Instituciones como los patrones de simetría (relaciones de intercambio entre equivalentes), centralidad (distribución equitativa de los productos del trabajo colectivo) y autarquía (autosuficiencia de la familia o gripo social para mantenerse así mismo) fueron suplantados por el patrón de mercado al imponerse dentro de la sociedad industrializada temprana la interpretación filosófico-liberal del mundo social como un mundo auto-organizado por la tendencia natural del hombre al intercambio y el equilibrio natural que el mercado trae consigo.

El mercado trajo consigo la pauperización del la población en una era donde la producción de la riqueza debería predominar. Los intentos por explicar el fenómeno no podían resolver la contradicción inherente al patrón de mercado: para su establecimiento irrestricto, la economía de mercado requiere tratar como mercancía a la mano de obra, a la tierra y al dinero atentando con ello contra la propia organización social que la soporta. A fin de que se garantice el acceso a fuerza de trabajo, la mano de obra, esto es, el trabajo humano deberá tasar su precio (salario) en la ley de la oferta y la demanda.

“La supuesta mercancía llamada “fuerza de trabajo” no puede ser manipulada, usada indiscriminadamente, o incluso dejarse ociosa, sin afectar también al individuo que sea poseedor de esta mercancía peculiar. Al disponer de la fuerza de trabajo de un hombre, el sistema dispondría incidentalmente de la entidad física, psicológica y moral que es el “hombre” al que se aplica ese título” (Polanyi, 2003: 123)

De la misma manera, la naturaleza, en este caso la tierra, será tratada como una mercancía más destinada a producir valor por concepto de su renta. Para Polanyi, este uso traería consigo la reducción de la naturaleza a sus elementos, la destrucción de la capacidad productiva del suelo y con ello falta de alimentos y materias primas (Polanyi, 2003: 124). En el caso del dinero, éste será tratado como una mercancía a fin de hacer posibles las transacciones comerciales a escala internacional bajo el esquema de equivalencias y emisión de dinero establecidos con el patrón oro. Al tratar como mercancías al hombre y a la naturaleza se atenta contra el orden moral y social sobre el que descansa la propia actividad económica:

“...la administración del poder de compra por parte del mercado liquidaría periódicamente a las empresas, ya que las escaseces y los excesos de dinero resultarían tan desastrosos para las empresas como las inundaciones y las sequías para la sociedad primitiva.” (Polanyi, 2003: 124).

Para Polanyi la tenacidad de los liberales y el papel favorable del Estado por ellos conducido hacia el establecimiento del mercado mundial trajo consigo la transformación y puesta en crisis de las instituciones mismas que hicieron posible a la economía de mercado y con ellas a la sociedad en general. Sin embargo, Polanyi reconoce también una tendencia espontánea originada en la propia sociedad que opera en contra de los procesos mecánicos del mercado. Fuerzas sociales aparecen de manera espontánea en la sociedad y persiguen el establecimiento de mecanismos de regulación estatal que frene la pauperización de la vida del hombre común provocada por la autorregulación del mercado. Esta oposición es definida por Polanyi como una “doble tendencia”:

“Volvamos a lo que he llamado un doble movimiento. Puede personificarse como la acción de dos principios de organización en la sociedad, cada uno de los cuales establece objetivos institucionales específicos, contando con el apoyo de fuerzas sociales definidas y usando sus propios métodos distintivos.” (Polanyi, 2003: 187)

El movimiento representado por el liberalismo se vale del “dejar hacer, dejar pasar” como método de organización social y cuenta con el apoyo de las clases comerciales. Por su parte, el principio de la protección social buscaba la preservación del hombre y la naturaleza era apoyado por las clases afectadas por el mercado autorregulado –generalmente las clases trabajadora y terrateniente, y su tenía como método la regulación, el proteccionismo y la intervención estatal. Sin embargo, a diferencia de la visión materialista de la historia, la participación social de la clase en el doble movimiento no tiene que ver exclusivamente con intereses económicos, por el contrario, el movimiento proteccionista alcanzó una amplitud considerable gracias a que logró alinear en su interior intereses de todo tipo, desde los económicos, hasta los políticos; desde los estrictamente materiales como los espirituales, desde los individuales y de grupo hasta los de restitución del tejido social.

De este doble movimiento se desprende la gran crisis económica y política de los años 20 del siglo pasado en la que la política asistencialista e intervencionista del los gobiernos populares, el abandono del patrón oro, el repunte del imperialismo y el estancamiento del sistema económico abrieron la puerta al fascismo. La conclusión a la que nos lleva el autor reafirma el carácter utópico de un mercado sin regulación pero al mismo tiempo nos muestra los riesgos de un proteccionismo que vuelva inoperante la economía basada en el mercado:

“La civilización del siglo XIX no fue destruida por el ataque externo o interno de los bárbaros; su vitalidad no se vio minada por las devastaciones de la primera Guerra Mundial no por la revuelta del proletariado socialista o una clase media baja fascista... Se desintegró como resultado de un conjunto de causas enteramente diferentes: las medidas adoptadas por la sociedad para no ser aniquilada a su vez por la acción del mercado autorregulado”. (Polanyi, 2003: 309)

Polanyi concluye su reflexión anunciando el final de la utopía del mercado autorregulado y por lo tanto el final de la lucha proteccionista por devolver al hombre su libertad, a la tierra su carácter de matriz de alimento y materias primas y al dinero su papel de símbolo del poder adquisitivo. Para Polanyi la nueva sociedad enfrentará el reto de encontrar un camino institucional para la libertad pero también uno moral en el que los derechos inalienables de los hombres sean reconocidos y garantizados por las instituciones y sobre todo, donde la sociedad sea ese espacio recuperado de libertad. El industrialismo no fue el culpable del proceso de desarraigo, fue el delirio liberal el que convirtió a esa sociedad recuperada en una sociedad de mercado. La sociedad industrial, dice el autor, se puede dar el lujo aún de ser libre y además justa.

Polanyi y el mercado autorregulado de la era global

El mundo de posguerra nos ha mostrado una configuración en la que el doble movimiento como los elementos contradictorios de la gran transformación de Polanyi han cobrado “nueva vida” en por lo menos dos momentos históricos que perfilaron la segunda mitad del siglo XX: el mundo bipolar de la Guerra Fría y el establecimiento de un nuevo patrón de mercado autorregulado por el proceso de globalización.

Tras la Segunda Guerra Mundial y la crisis que señala Polanyi del sistema de mercado autorregulado, la organización económica mundial continuó dividida en dos bloques: el bloque socialista de Europa del este y el “mundo libre” donde la democracia y el mercado constituían su eje central. Sin embargo, el mercado se encontraba regulado por lo que en términos del autor sería una tendencia hacia la autoprotección. En efecto, las tesis de Keynes sobre la necesidad de controlar las principales variables económicas por medio de la administración y gerencia del Estado le dieron origen a un “nuevo trato”: el Estado de Bienestar. El consenso internacional indicaba que dejar en libertad a las fuerzas del mercado supondría nuevamente pagar el desarrollo económico con una cuota de crisis cíclicas. Durante las décadas posteriores al conflicto armado la fórmula del Estado asistencial brindo al mercado la garantía de poderse desarrollar sin tener que controlar las fuerzas aliadas del proteccionismo, de eso se encargaría la política. En este sentido, puede ser cuestionable la tesis sobre el retorno de la sociedad al hombre que se puede leer en la conclusión de la obra de Polenyi: el Estado de bienestar no significó el abandono de un esquema de subordinación de las relaciones sociales con respecto al mercado, sino una condición de sobrevivencia para el segundo por la vía de la acción estatal que, dicho sea, fue también el artífice de la implantación del mercado autorregulado del siglo XIX. Es posible entender así al Estado de Bienestar como una forma de “mejoramiento” dentro de la “habitación”. La tesis del desarraigo seguiría, en este caso, siendo válida. El cambio que estaría por venir a nivel mundial parecería corroborar esta aseveración.

En el último cuarto del siglo, el mundo experimentó al menos dos revoluciones importantes que vinieron a modificar la configuración de pos-guerra: una revolución de carácter tecnológica que potenciaría los alcances de los sistemas de información aplicados a la producción y consumo de bienes y servicios y una revolución en el orden geopolítico mundial. El mundo entraría dentro de una nueva lógica de producción caracterizada por la globalización de los procesos de producción y manufactura de mercancías. Llamaré en adelante a este nuevo escenario la era global.

Para Joachin Hirsch (2000), podemos definir la globalización de acuerdo a los cinco contenidos que comprende el concepto:

a) Globalización de la tecnología de los medios de difusión y procesamiento de la información.

b) Globalización de la democracia liberal como régimen de gobierno preferencial.

c) Globalización de la tendencia a la conformación de un gobierno mundial con centros financieros y políticos internacionales.

d) Globalización de una cultura y modo de vida fundada en el liberalismo y la creencia en los derechos humanos universales.

e) Globalización del libre tráfico de mercancías, servicios, dinero y capitales.

De acuerdo con Castells (2001) el desarrollo de las nuevas tecnologías de información y comunicación (TIC’s) permitieron una nueva forma de producción y relaciones comerciales. Por un lado la producción al incorporar las nuevas tecnologías fue capaz de automatizar sus procesos y hacerlos más eficientes. Pero lo más importante, fue capaz de desarraigarse de los límites geográficos, políticos y económicos que suponía su localización física dentro de las fronteras de un determinado país. Con las nuevas tecnologías los procesos productivos se desincorporan de los límites geográficos que les brindaban sus “nichos” de mercado naturales y, sobre todo, fueron capaces de buscar aquel esquema de regulación estatal en los que pudieran aprovechar al máximo las características económicas y financieras de las economías mundiales. La factoría se globaliza y un mismo corporativo produce componentes en un país con mano de obra barata, maquila en otro y vende en un mercado que se expande y adquiere un carácter virtual. Para algunos, incluyendo a Castells es esta una sociedad que se reproduce a través de procesos informáticos; pero en la lógica del doble movimiento de Polanyi asistimos al fortalecimiento de una tendencia que él creía superada: el patrón de mercado autorregulado y ahora con una estructura de producción y realización de mercancías global.

Para algunos autores como Hirsch, esta tendencia que presenta la sociedad global a la conformación de un sistema económico mundial de libre comercio y acompañado de un marco ideológico favorable nunca se fue del todo: para el marxismo, el capitalismo desde sus orígenes presentó la necesidad estructural de expandirse más allá de las fronteras nacionales mediante un proceso imperial de colonización. De ser esto así, la globalización no sería una categoría histórica nueva sino la nueva fase que presenta el sistema capitalista donde su tendencia globalizadora se ha vuelto una realidad.

Hirsch considera al capitalismo global la secuela necesaria del fordismo en tanto que modo de acumulación del capital que se desarrolló desde principios del siglo XX y que entró en crisis después de la segunda guerra mundial. Una condición necesaria para el éxito de esta forma de acumulación fue el fortalecimiento del Estado de Bienestar cuyos compromisos sociales generaban la estabilidad necesaria para el mantenimiento de una cultura de consumo masivo. En los años sesenta, con la crisis del Estado de Bienestar y de las políticas keynesianas, se hizo necesaria una estrategia de solución al fracaso del modelo fordista. Esta estrategia es el capitalismo global:

“Si se tiene presente esta correlación histórica, entonces podría determinarse con mayor precisión lo que significa "globalización": la decisiva estrategia del capital como solución a la crisis del fordismo, es decir, que la liberalización radical del tránsito de mercancías, servicios, dinero y capital debe ser la condición previa de la renovada racionalización sistemática del proceso de trabajo en la producción capitalista, y ello, a la vez, está vinculado con la destrucción del compromiso fordista de clases y de sus bases institucionales." (Hirsch; 2000: 89).

De acuerdo con el texto de Hirsch podemos afirmar que la globalización no fue un proceso “natural” de la economía sino una estrategia política que marca el fin del modelo fordista de acumulación capitalista dentro de los límites de los Estados nacionales y que generalizó en la sociedad mundial un régimen de acumulación y concentración de capital fundado en la implantación de nuevas tecnologías aplicadas a la producción (particularmente, tecnologías de procesamiento y transmisión de la información), la desintegración de los compromisos sociales del Estado nacional y la búsqueda por parte del capital financiero de mercados crecimiento preferencial a escala internacional.

Esta tesis de Hirsch nos interesa pues más allá de su posición crítica refleja algo que Polanyi ya nos había dicho: el mercado autorregulado no es obra de la naturaleza económica del hombre sino una decisión implementada desde la sociedad y que tiende a subordinarla. Existe en la configuración de la era global un claro desarraigo del sistema económico con respecto al sistema social en general. De hecho, tal como lo diagnosticó Polanyi las formas de organización social se están viendo subordinadas a la lógica y demandas de la producción y el mercado globales. Lo anterior implica, también en la lógica de Polanyi, el deterioro de la vida humana al convertir al hombre, por la vía de este renovado molino satánico, en una masa poblacional empobrecida cuya calidad de vida depende del estado que guarda la oferta y demanda global de fuerza de trabajo. Nuevamente en la era del capitalismo globalizado, como en el caso del ascenso del mercado autorregulado, la mano de obra es tratada como una mercancía ficticia cuyo costo (salario) debe ser competitivo para poder ofertarse en el mercado internacional y atraer la inversión productiva.

De acuerdo con Polanyi, el mercado autorregulado no constituye en sí mismo una institución social sino más bien un accesorio del sistema económico. De la misma manera, los procesos de la economía global no pueden constituir una institución social sino la forma como la economía, desarraigada de su base sociocultural, opera en parte gracias a la mediación de un centro de regulación conformado por una serie de instituciones. Así como la “era liberal” encontró su correlato institucional en el patrón oro, el equilibrio de poder y la mediación político-financiera de la haute finance, así también el mercado autorregulado de la era global posee un cuerpo institucional que permite el sometimiento del sistema político a la lógica del mercado.

El primer elemento a destacar a este respecto es la continuidad que puede establecerse entre la lógica monetaria internacional basada en el patrón oro y la establecida desde la posguerra basada en el dólar. La “hebra verde” que conecta entre sí al comercio internacional ha fungido como la base necesaria para las transacciones comerciales bajo la premisa de que los billetes recibidos en el exterior ya no sólo son “tan buenos como el oro” sino efectivamente son dólares. El patrón dólar sin embargo enfrenta las presiones monetarias que el patrón oro sólo podía sufrir de manera indirecta al ser la base de una mercancía ficticia (dinero). A diferencia del oro el dólar es una mercancía ficticia puesta como base para brindar valor a las demás mercancías ficticias que dejaron de ser respaldadas con oro. La inestabilidad que esto trae consigo ha trasladado el problema de la fluctuación del ámbito nacional al ámbito global: hoy la mercancía dinero se oferta y demanda en condiciones necesariamente inestables; de hecho, aunque la lógica del mercado requiere un mínimo de estabilidad que garantice la realización de las transacciones comerciales con una expectativa de ganancia razonable, por otro lado la salud e las economías nacionales depende de la libertad para dejar flotar el tipo de cambio de tal manera que pueda soportar la presión del sistema que, paradójicamente, se trata de mantener estable. Es en todo caso un equilibrio inestable que puede hacer de un país al mismo tiempo un paraíso para el inversionista que requiere fuerza de trabajo a precio bajo y el purgatorio para una población empobrecida que mira como su poder adquisitivo se pierde con cada fluctuación de su moneda frente al dólar.

Siguiendo en la lógica del marco institucional de la era global, la balanza de poderes que durante el siglo XIX permitió la paz que requería para su buen funcionamiento el sistema financiero se derrumbó junto con el patrón oro al inicio del siglo XX. Tras las guerras mundiales este equilibrio tomo la forma de un mundo dividido por dos modelos económicos y de sociedad contradictorios: el liberal y el colectivista. La crítica de Polanyi para ambos descansaría en que tanto el sistema económico capitalista defendido por el liberalismo como el socialista defendido por el pensamiento colectivista representan en sí mismos dos formas de desarraigo del sistema económico: mientras que el dogma liberal por su fe ciega en los beneficios sociales del mercado autorregulado justifica su desarraigo con respecto a su matriz social, el pensamiento socialista y su proyecto de sociedad alcanzado desde 1917 no ofrece solución alguna al desarraigo sino que, por el contrario, hace de él el centro de su perspectiva histórica al asumir una perspectiva determinista. Hay en el pensamiento marxista y por ende en el socialismo real una determinación económica de la vida social. Esta es una herencia, a juicio de Polanyi, de la economía política clásica, particularmente la de David Ricardo contra la que Marx discutió pero no logró distanciarse en lo fundamental y que le hizo caer en la trampa de mirar los procesos culturales como subordinados necesariamente a las formas de reproducción de las condiciones materiales de existencia por medio del trabajo. Ya para Max Horkheimer y la primera teoría crítica, el New Deal, el facismo y el socialismo real constituían una misma realidad que presentaba rostros distintos: el capitalismo de estado impuesto por la vía de regímenes más democráticos o más autoritarios pero que descansaban en el mismo principio: la subordinación de las instituciones políticas a las necesidades del capital (Horkheimer, 1976).

En el mundo de posguerra, borrada la alternativa fascista, el mudo adquiere una configuración bipolar que a diferencia del siglo XIX mantiene una paz muy inestable. Aquí nuevamente se hace evidente la configuración cada vez más global del equilibrio de poder: ya no son sólo potencias militares o económicas las que definen las opciones de alianza para los países débiles o en desarrollo, ahora son formas de organización de la producción acompañadas de valores morales y formas de vida. La confrontación latente entre las dos grandes potencias representadas por el bloque socialista y el “mundo libre” servían de balanza para el equilibrio del poder donde el tercero, el potencialmente aliado o enemigo será el mundo en desarrollo. La imposición del modelo de sociedad subordinada a la lógica del mercado o de la estatización encontraba un contrapeso en la potencial conflagración que produciría la intervención del otro ante cualquier posible anexión ideológico-política. La crisis de los misiles experimentada por los gobiernos de John F. Kennedy y el premier soviético Nikita Kruschev en 1964 son un ejemplo de esta situación de equilibrio inestable. La amenaza no estaba representada sólo por la guerra en sí sino en lo que ella representaba al tratarse de una escalada potencialmente nuclear. Era la amenaza máxima, esto es, la destrucción de la propia sociedad, la que permitía el mantenimiento de una relativa paz.

Con la caída del bloque socialista y la apertura de Europa del este al mercado globalizado el sistema de equilibrio mundial se reconfigura no sin antes producir la primera gran crisis bélica del “nuevo orden mundial”: la guerra en contra de Irak. La primer guerra televisada de la historia no sólo nos permitió atestiguar el avance de las tropas norteamericanas en el país ahora invadido sino que puso de manifiesto la supremacía de los Estados Unidos como potencia militar indisputada. Si el dogma liberal se había logrado imponer frente al Estado de Bienestar con las agresivas políticas económicas de Ronald Reagan y Margareth Thatcher en un mundo aún polarizado, el nuevo orden mundial posterior a la Guerra Fría representaba para Francis Fukuyama el “fin de la historia” en el que la democracia, el Estado liberal y el mercado autorregulado se convertían en los valores de la globalización.

En este contexto aparecen en el escenario el otro factor institucional importante: los organismos internacionales que centralizan las decisiones sobre la nueva economía global. Polanyi nos refiere el papel de la haute finance durante la paz decimonónica como el mecanismo de mediación política que permitía el saludable desarrollo de las finanzas europeas. Así como el mercado autorregulado no es una institución pero si crea instituciones que ponen las condiciones para su operación, así también el mercado globalizado requiere de instituciones de mediación, organización y vigilancia de las directrices económicas del comercio global. En este contexto cobran relevancia organizaciones como El Fondo Monetario Internacional (FMI), la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) y el Banco Mundial (BM) quienes diseñan las políticas económicas que deberán seguir los países a fin de alcanzar las metas de desarrollo y crecimiento económicos que estas mismas instituciones establecen para sus miembros y para la economía global en general:

“El FMI es la institución central del sistema monetario internacional, es decir, el sistema de pagos internacionales y tipos de cambio de las monedas nacionales que permite la actividad económica entre los países... Sus fines son evitar las crisis en el sistema, alentando a los países a adoptar medidas de política económica bien fundadas; como su nombre indica, la institución es también un fondo al que los países miembros que necesiten financiamiento temporal pueden recurrir para superar los problemas de balanza de pagos." (FMI, 2004)

Así también el Banco Mundial (denominación que se le da al Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento y a la Asociación Internacional de Fomento) destina fondos para que los países en desarrollo implementen políticas de desarrollo y combate a la pobreza. Si bien estas instituciones no determinan directamente la política económica de sus países miembros, el seguimiento puntual a sus recomendaciones permite el acceso a fondos de financiamiento y negociación de deuda externa así como la inclusión dentro del sistema organizado del comercio internacional.

No podemos asegurar con Polenyi que la configuración actual del mercado autorregulado mundial es un mecanismo tan artificial como su antecedente del siglo XIX, pero el contexto institucional internacional y el entusiasmo con que es defendido por las principales potencias económicas le dotan de un carácter impositivo y “anti-natural”. Pero sifuera verdad que la tesis de Polanyi se está repitiendo podríamos preguntarnos qué ocurre con la contraparte de la tendencia a la autorregulación. ¿Qué forma adquiere en la era global la tendencia al proteccionismo?

Si fuera posible pensar en un movimiento que acompañe a este desarraigo del sistema económico del ámbito de las relaciones básicas entre los hombres, tendríamos que mirar a todas las formas políticas y económicas, civiles y militares, privadas y públicas que se oponen a la autorregulación del nuevo mercado global. Desde luego en cada país, en cada región del nuevo orden mundial existen voces que denuncian el deterioro de las condiciones de vida que ha traído consigo el retorno liberal. En América Latina los partidos de izquierda, los intelectuales y líderes de opinión señalan la pauperización que ha sufrido la clase media y los sectores más pobres desde finales de los años setenta. Las políticas del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial incluso en aquellos países con más crecimiento en la región como Chile, Brasil y México no han logrado sacar de la pobreza extrema a millones de sus pobladores. Aunque es un hecho que las políticas de asistencia social no desaparecieron con el retorno del liberalismo, éstas tienen poco qué hacer ante los embates de las pequeñas crisis económicas, ajustes monetarios y los “coletazos” financieros que regularmente se vienen produciendo en un mercado interdependiente. La presión que ejercen diferentes grupos dentro y fuera de los gobiernos para mantener y hacer más fuertes las políticas de asistencia a las clases desprotegidas de la economía global seguirán haciendo un contrapeso importante al interior de los Estados nacionales.

Un segundo elemento que apoya la tesis de un segundo doble movimiento serían las diferentes formas de resistencia (Mittelman, 2002) que se yerguen también a escala global en contra de la globalización. Se han vuelto cada vez más frecuentes las protestas en contra de las políticas económicas globales en cada país donde la Organización Mundial de Comercio o el FMI realizan sus sesiones de trabajo. El frente ambiental encabezado por organizaciones como Greenpeace , Amigos de la Tierra o la World Wildlife Found presionan constantemente a los gobiernos internacionales para que se regulen aquellas prácticas de mercado que atentan contra la naturaleza y se busquen vías para lograr un desarrollo con respeto al medio ambiente. Los partidos vedes y en general las organizaciones del Tercer Sector (organizaciones no gubernamentales con fines no lucrativos) tiene cada vez mayor presencia en este tipo de luchas en contra del deterioro ecológico producido por un mercado que parece servirse a sí mismo.

De acuerdo con Mittelman (2002) en la obra de Polanyi puede identificarse dentro de “los participantes no estatales” del doble movimiento al crimen organizado dado que son grupos que se mueven por intereses de mercado. Sin conceder al autor la razón acerca del sentido en que Polanyi se referiría a estos grupos, es un hecho que son un factor de desestabilizción dentro de los proyectos nacionales cuyos objetivos pasan por la incorporación al mercado global. El narcotráfico por ejemplo, ha puesto en jaque y ha logrado corromper a los cuerpos policiales en los países de América que lo albergan y que le sirven como lugares de tránsito o consumo. La propia estructura del comercio y las finanzas internacionales y la propia infraestructura de comunicaciones de la era global permitieron a esta forma del crimen organizado adaptarse a las nuevas condiciones y convertirse en una fuerza de oposición real a las instituciones jurídicas y de seguridad nacionales e internacionales. Pero lo más importante quizá en la lógica de Polanyi, el narcotráfico se ha convertido en una fuente real de degradación moral dentro de la sociedad que atenta contra la integridad y la libertad tan preciada para el autor.

Un último elemento a destacar que decididamente actúa en contra de la libertad de mercado y la autorregulación a escala global es la violencia. Particularmente nos referimos aquí a ese tipo de violencia que es utilizada para lograr fines que operan en contra de la libertad y la autorregulación. Tal es el caso de toas aquellas formas de terrorismo que parecen establecerse como la forma de contrarrestar la política exterior de los Estados Unidos de América en tanto que potencia militar del nuevo orden mundial. Los ataques al. World Trade Center de Nueva York inauguraron una serie de actos de terror dirigidos por el fundamentalismo islámico y sin duda agravado por la injustificada invasión de los norteamericanos y sus nuevos aliados a Irak. El libre flujo de personas, productos e información tiene ahora que pasar por filtros estatales y procedimientos de vigilancia formales e informales en casi todos los países que tienen una relación de negocios (e incluso si no la tienen) con los Estados Unidos. Otra forma de violencia a destacar es la desencadenada por los movimientos nacionalistas que en su lucha interfieren en el camino de la integración ordenada y pacífica que requiere para lograr sus fines el mercado global.

Hemos tratado de mirar al mundo de posguerra con los ojos de Karl Polanyi tratando de seguir la lógica de sus planteamientos sobre el desarraigo del patrón de mercado autorregulado y el doble movimiento. Quisiéramos concluir con una reflexión sobre la parte final de la gran transformación referida a la libertad. Si bien podemos decir que la expectativa que tenía Polanyi sobre la sociedad de nuestros días no se cumplió del todo (si tomamos en cuenta el regreso del mercado autorregulado y la subordinación de las relaciones sociales), si podemos decir que algunos de los rasgos de la sociedad global refuerzan la esperanza que manifiesta Polanyi sobre la posibilidad de encontrar en esta sociedad un espacio para la libertad colectiva e individual. Es un hecho que, como señala Habermas, existe en la sociedad de posguerra una preocupación sin precedentes por los derechos humanos y el respeto a la libertad de expresión. Son libertades ganadas en muchos frentes y que han consumido los esfuerzos de muchas generaciones. Sería incorrecto no ver en la sociedad global la posibilidad de encontrar en un espacio para la libre expresión de las ideas, los proyectos y el trabajo colectivo con la garantía de no ver limitados nuestros derechos por las suspicacias o características más o menos liberares de cada país o región. La sociedad global no sólo es mercado autorregulado y explosión de la pobreza a causa de un sistema económico desarraigado, es también un espacio para ejercitar más ampliamente nuestras libertades. Polanyi creía que la sociedad industrial merecía libertad y justicia, la sociedad pos-industrial, si es que vivimos en ella, nos ofrece todavía ciertos espacios que se deberán colonizar para hacer de las expectativas de Polanyi no sólo algo deseable sino posible.

Referencias Documentales

Castells, M. (2001) La era de la información. T. I. Siglo XXI Editores, México.

Fondo Monetario Internacional. (2004) Guía del Fondo Monetario Internacional. Versión castellana. [Documento PDF]. Disponible en: http://www.imf.org (Accesado el día 30 de noviembre de 2005) Hirsch, Joachim (2000) Globalización, capital y Estado. México, UAM - Xochimilco.

Horkheimer, M. (1976) Sociedad en transición: estudios de filosofía social. Barcelona, Península.

Ianni, Octavio (2002) Teorías de la globalización. México, Siglo XXI Editores.

Mittelman, J. (2002) El síndrome de la globalización. Transformación y resistencia. Traducción de Susana Guardado del Castro. México, Siglo XXI Editores.

Polanyi, K. (2003)) La gran transformación. Los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo. Traducción de Ricardo Rubio. México, Fondo de Cultura Económica.

Cómo citar este texto:

Berthier, A., (2007) Desarraigo económico y el mercado autorregulado en la era global. En Conocimiento y Sociedad.com. [En línea]. Disponible en http://www.conocimientoysociedad.com/Polanyi.html. (Accesado el día {fecha en que fue accesado})

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