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| Tolkien: segunda parte | |||||||||||||||||||||||||||||||||
| Tolkien: los mitos y los críticos |
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| Publicamos este artículo en forma simultanea con el número 4 de la revista ConSentidos, correspondiente a enero-abril de 2003. Aparece en nuestra página con la amable autorización del autor. | |||||||||||||||||||||||||||||||||
| José Hernández Prado | |||||||||||||||||||||||||||||||||
| Página Principal | |||||||||||||||||||||||||||||||||
| Desde diciembre del año 2001 y hasta la fecha, primero con la exhibición internacional de The Fellowship of the Ring –primera parte de The Lord of the Rings, New Line Cinema, 2001– y luego con la aparición, al año siguiente, de The Two Towers –segunda parte de LOTR, New Line Cinema, 2002–, la obra y la figura del escritor y filólogo inglés John Ronald Reuel Tolkien (1892-1973) se han hecho comunes en los mass media y en la cultura global del siglo que despunta. Hoy niños, jóvenes y adultos de todas partes del mundo, la gran mayoría de los cuales ignoraba la existencia de la enorme novela fantástica publicada en tres partes en 1954 y 1955, y desde luego la existencia de un autor que publicó otros materiales literarios entre 1925 y 1977 –cuando fue editada la colección póstuma de relatos denominada The Silmarillion– comienzan a familiarizarse con los elementos y los personajes del universo imaginario del escritor británico, un autor que, por cierto, ha servido de fuente inspiradora y de modelo de creación para muchos otros productos de la mencionada cultura global contemporánea, empezando por la serie de películas de Star Wars y terminando con el sinfín de juegos de video y computadora correspondientes a ese género tan amplio como inconfundible de los Dungeons & Dragons. El mago Gandalf es quizás hoy tan conocido como Merlín; Frodo Baggins es casi tan famoso como Luke Skywalker, Harry Potter o el Capitán Kirk; la princesa Arwen, como su colega Leia y Saruman y Sauron como Lex Luthor o Darth Vader. Así, un nuevo lugar común radica en señalar que la saga cinematográfica de El señor de los anillos lleva a la pantalla la obra de un escritor “de culto”, ya que un entusiasta y afortunado “loquito” –en este caso, el director neozelandés Peter Jackson– está produciendo tres cintas larguísimas y costosísimas apoyadas en ingenuas historias que apasionaron antes a otros cuantos “loquitos” –verdaderos niños grandes, si no es que de plano chicos–, para dar lugar al éxito fílmico comercial del momento, el cual será suplantado y superado muy pronto por algún otro fenómeno publicitario que se base en una diferente obra literaria o hasta televisiva “de culto”, como sucedió ya con Conan el Bárbaro, Batman, Spiderman o la serie de Star Trek. | |||||||||||||||||||||||||||||||||
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| J. R. R. Tolkien | |||||||||||||||||||||||||||||||||
El asunto es que, muy probablemente, J. R. R. Tolkien y The Lord of the Rings signifiquen algo más que un simple autor y una novela “de culto”, como hoy escriben numerosos críticos cinematográficos, literarios y culturales en todo el mundo. En todo caso, si los temas de la literatura tolkieniana son propiamente “de culto”, entonces ellos han sido tales –en el ámbito de la ya plenamente globalizada cultura occidental– desde los siglos XIII o XIV, si no es que antes. Pero sea o no literatura “de culto”, el hecho es que la novela del discreto profesor oxoniense resultó ser, en diversas encuestas realizadas en la Gran Bretaña durante los años previos al 2000 –principalmente la de la cadena de librerías Waterstone, en 1997–, el libro favorito de los lectores británicos. Y no debe perderse de vista el hecho de que ello fue lo que opinaron los usuarios inmediatos y “naturales” de una de las más importantes literaturas de la historia mundial. Recuérdense las palabras de Jorge Luis Borges (1899-1986) en el “Prólogo” de la Breve antología anglosajona que publicara en 1978, en colaboración con María Kodama –palabras cargadas del agudo y erudito humor del escritor argentino–: “de las literaturas del Occidente la de Inglaterra es una de las dos más importantes. (Dejemos al juicioso lector la elección de la otra)”. (1) Curiosamente, Borges y Kodama agregarían de inmediato en el texto aludido que “hará unos doscientos años se descubrió que esa literatura encerraba una suerte de cámara secreta, a manera del oro subterráneo que guarda la serpiente del mito. Ese oro antiguo es la poesía de los anglosajones”.(2) Pues bien, Tolkien sería uno de los filólogos británicos que particularmente desde los tiempos victorianos y en la primera mitad del siglo XX, exploraron aquella “cámara secreta” y recuperaron ese “oro antiguo”. Tolkien nutriría sustantivamente una tradición de estudios literarios, folklóricos y filológicos procedente de Andrew Lang, Kenneth Sisam, A. S. Napier, W. A. Craigie, William Morris y Joseph Wright –de quien se sabe que dijo al joven John Ronald Reuel, “vete por el céltico, muchacho; allí hay dinero”(3) – y trabajó con Henry Bradley y C. T. Onions en la elaboración del primer diccionario Oxford, inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial. Asimismo, publicaría junto con E. V. Gordon una brillante traducción al inglés moderno del poema medieval Sir Gawain and the Green Knight, en 1925.(4) Al igual que varios de sus predecesores, Tolkien añadiría a sus grandes dotes de filólogo universitario las de un sensible artista del lenguaje, lo que le permitió desplegar sus dos singulares pasatiempos de desarrollar de un modo asombrosamente exhaustivo idiomas imaginarios bajo el modelo de ciertas lenguas muertas –o “heridas” algunas de ellas– de la Europa septentrional –en especial el nórdico y el céltico en sus diversas variantes, así como el anglosajón– y de escribir historias fantásticas para un inteligente público lector que incluso podía abarcar niños, en las cuales encuadrar aquellos idiomas, lo que posteriormente le dio merecida celebridad como el autor de las mejores historias de tipo épico-fantástico-medieval que se hayan escrito en los tiempos modernos. Con Tolkien no estamos sencillamente en presencia de un excéntrico y marginal escritor amateur con la cabeza llena de películas, de historietas o de buenas, aunque sobre todo malas historias de fantasía cuasimedieval. En él encontramos a un académico en extremo competente y serio, profundo conocedor de la cultura y la mentalidad medievales, con vivencias existenciales muy duras –por ejemplo, haber sido un niño huérfano, miembro de un grupo religioso minoritario, soldado en el terrible frente de batalla del río Somme, etcétera– y un enorme talento literario y artístico, que supo plasmar en sus narraciones mucho más que historias amenas y personajes pintorescos y divertidos. A Tolkien es factible disfrutarlo en numerosos niveles, pero jamás habría que suponer que los más superficiales y próximos a determinados referentes culturales muy a la mano, son los únicos que contiene. Él merece su lugar entre los grandes exponentes de la literatura británica. La obra de Tolkien tiene muchísimo que ver con mitos. El término “mito” –del griego mýthos, leyenda o fábula– suele revestir dos significados habituales que llamaremos el “coloquial” y el “profundo”. Coloquialmente, un mito es algo que se dice de algo y que se toma por verdadero, cuando en verdad es falso. En un sentido mucho más profundo, los mitos son narraciones cultivadas y desarrolladas por determinada cultura, que contienen reflexiones y hasta enseñanzas perspicaces y bastante claras, de valor prácticamente universal. En torno a Tolkien y sus relatos –y ahora las películas basadas en esos relatos– se han venido gestando una serie de mitos en la acepción coloquial, y aquellas mismas narraciones tolkienianas estarían apoyadas en mitos en el sentido profundo, procedentes de lo que en conjunto pudiera llamarse las culturas europeas septentrionales de los tiempos “oscuros” y medievales. Con respecto a los mitos coloquiales sobre Tolkien nos interesaría considerar tres: 1) Las historias inventadas por el escritor británico, sean ellas narradas de manera literaria o cinematográfica, constituyen en esencia una obra “de culto”; 2) Tolkien es ante todo un autor conservador e inclusive reaccionario, tradicionalista y en términos de cierto debate teórico-político contemporáneo, “comunitarista”, y 3) La propuesta literaria de Tolkien es cabalmente “maniquea”, pues se compone de narraciones hechas con una sensibilidad más bien infantil en las que los buenos son decididamente buenos y los malos, malos, y por lo tanto se defiende un Bien absoluto y axiomático, ubicado frente a un Mal incorregible e inexplicable. De estos tres “mitos coloquiales”, el presente artículo habría reparado ya con alguna amplitud en el primero, pero al elucidar los dos restantes querrá ofrecer anotaciones dispersas sobre ciertos mitos en sentido profundo que animan las creaciones tolkienianas, en particular El señor de los anillos y el ciclo integral de la Tierra Media. Nuestro segundo mito coloquial en torno a Tolkien propondría que él fue un autor conservador y “comunitarista”, y de hecho es innegable que era propiamente un personaje “chapado a la antigua”, monarquista convencido, de “misa y comunión diarias” y absolutamente persuadido de que las viejas Europa y Gran Bretaña, rurales y preindustriales, habían sido el auténtico Paraíso Perdido. Es inocultable la simpatía del estupendo narrador por sus hobbits, los cuales constituyen una idílica comunidad que vive feliz alejada de las máquinas, la acelerada y enloquecedora vida urbana y hasta la gran política. Y en ese mundo en el que habitan los hobbits –la Tierra Media– existen otras comunidades gobernadas por monarquías hereditarias, según el modelo de la antigua Europa feudal. Están los voluntariosos enanos, los angelicales elfos, los falibles humanos y los degenerados orcos, así como muchos otros pueblos “animalescos” dominados tiránicamente por el oscuro Señor de los Anillos (Sauron), o por sus antecesores (Melkor) o sus aliados aprendices (Saruman). Este es un mundo que no conoce la democracia política y que admite sin ambages las imborrables diferencias sociales; la servidumbre hacia los amos justos y la esclavitud impuesta por abusivos señores. Es un mundo que lamentablemente dejó de ser y en el que había una grandeza que ahora falta en la profana modernidad estandarizada, inhumana, individualista y anticomunitaria. Este mundo tradicional, como todos los mundos posibles, tenía, en efecto, sus cosas malas, pero en él prosperaba una nobleza ya extraviada que era su correctivo esencial y que valida el contemplarlo hoy como un mundo que nunca debió desaparecer. Todo esto parece cierto y en efecto lo es, aunque a medias. Por ello es el “mito del Tolkien conservador”. Nos referimos, sin embargo, a un mito “coloquial” porque antes que ser monarquista, conservacionista y comunitarista, Tolkien era una persona en la que sus peculiares tradiciones pudieron inculcar un gran sentido de lo espiritual y de lo humano, así como una sencillez bien entendida que lo alejaba de las afectaciones intelectuales y convencionales, lo mismo que de las superficialidades culturales. Quizás sea factible hallar personalidades afines a las del profesor oxoniense en otras figuras de la vasta historia intelectual y cultural de la Gran Bretaña. Proponemos dos: el músico inglés Ralph Vaughan Williams (1872-1958) y el filósofo escocés Thomas Reid (1710-1796). El primero sería un destacado compositor –por cierto que de ideas socialistas– reacio a la simple y merecida idea de que se le nombrase Sir –como a otros de sus colegas en diferentes épocas, por ejemplo Sir Edward Elgar o luego Sir Paul McCartney–, impulsor del folklorismo británico que daría lugar a una encantadora y sobria música tonal entrañable para las gentes de la Isla y muy disfrutable para todas las demás. El segundo fue el gran filósofo moderno del sentido común, gran crítico republicano del relativismo moral y del escepticismo epistemológico de su coetáneo David Hume, y aun del idealismo y el constructivismo filosóficos de la modernidad. En estos tres personajes –Tolkien, Vaughan Williams, Reid– alienta una sanísima sensatez capaz de trascender las diferencias intelectuales y políticas que pudiera haber entre ellos, y que plausiblemente arroja la lección de una humanidad que alcanza la decencia y el sentido del equilibrio y de lo justo en medio de sus restrictivas circunstancias históricas. Comunidad y tradición, pareciera decirnos este heterogéneo trío, valen mucho la pena en la medida en que contribuyan a construir personas humanas íntegras, comprometidas con esas ideas que han probado ser las que mejor nos cultivan y mejoran en cuanto “seres racionales finitos” –la expresión es de Kant–, ya que en el pasado hubo también creencias y actitudes que, inequívocamente, nos hicieron un daño enorme. Tolkien delinearía, entonces, identidades culturales y no simples comunidades por completo cerradas. Volvamos la mirada hacia los hobbits, quienes siendo orgullosamente tales, presentan individualidades perfiladas con mucha nitidez. Un hobbit como Frodo es capaz del sacrificio supremo –convertirse en portador del anillo– en pro de la salvación de su pueblo y aun la de otros, un sacrificio que lo predispondrá a la compasión y la caridad que dispensa a quienes padecieron situaciones similares a las de él –nos referimos a Gollum–. Sin embargo, la heroicidad de este hobbit no bastará en el momento decisivo, cuando lo derrote la flaqueza y el inesperado final esté vinculado a sus compasivas acciones del pasado; entonces será auxiliado por la menos hostigada determinación de su fiel sirviente, que antes que nada es su mejor amigo, Sam. (5) Tenemos, por tanto, a un héroe muy poco sobrehumano que completa su misión con la ayuda de alguien de su propia especie, quien hace factible que la voluntad individual se imponga sobre ciertas tendencias sociales y naturales extremadamente negativas, como la aspiración al poder por el poder mismo o la recurrencia a un vicio muy destructivo. Pero las identidades culturales descritas por Tolkien conforman además algunos pueblos libres –los hobbits, los enanos, los elfos, los humanos– que reconocen que la convivencia constructiva entre todos ellos necesita apoyarse en determinados principios sociopolíticos –como los de la piedad, la justicia, la libertad o la responsabilidad–. El mal no se impondrá, al final de cuentas, por todo cuanto se construyó trabajosamente y sin falsos heroísmos carismáticos. El jardín de la paz social requerirá que se le cuide contra la falta de riego y las malas hierbas.(6) Existe pues, legítimamente, un Tolkien para liberales progresistas y no sólo para tradicionalistas comunitarios, que destila los fundamentos de las sociedades democráticas, constitucionales y republicanas de la actualidad a lo largo de su discurso épico-medieval. El Tolkien eminentemente conservador es un mito en el que se demoran quienes permanecen en la mera superficie de sus historias fantásticas. Pasemos ahora al último mito coloquial planteado en el presente artículo, el relativo al maniqueísmo de Tolkien. En El señor de los anillos y el ciclo de la Tierra Media existen, en efecto, personajes clara y sencillamente buenos y malos, al igual que en toda la tradición occidental de los “cuentos de hadas” en que se basan dichas historias. Ello se muestra con obviedad en la películas de Jackson, donde es evidente que se le debe temer a Sauron, a Saruman, a los orcos o a los Uruk-Hai, de igual manera que hay que estar con “los buenos”, es decir, con Frodo y Sam, Gandalf, Aragorn, Legolas, Gimli, etcétera. Pero dichos filmes destacan también a personajes en principio “buenos” que son susceptibles de sucumbir por completo o momentáneamente al mal, digamos Boromir o el propio Saruman, y personajes en principio “malos” que quizás pudieran alentar una bondad reprimida, como es el caso de Gollum-Smeagol. La discusión en torno al maniqueísmo de Tolkien guarda estrecha relación con el carácter alegórico de la gesta del gran anillo de poder. Desde que Tolkien publicara su novela en 1954, no ha habido quizás lectores que no encuentren símiles reales para los elementos de la vasta aventura narrada en ella. El crítico de cine del suplemento periodístico Time Americas, por ejemplo, apuntaba en diciembre de 2002, en relación con The Two Towers, que “Tolkien, que escribió gran parte de su trilogía durante la Segunda Guerra Mundial, negó que su narración fuese análoga a esa gran guerra. Qué así lo crea quien lo desee”.(7) Según esto, Tolkien habría delimitado con burda y esquemática claridad al Bien y al Mal, a los “buenos” y los “malos” en una historia que en el fondo era real y que fue vivida muy cerca por su autor, quien quiso transportarla talentosa pero descabelladamente a una ingenua tierra-de-nunca-jamás. En absoluto rigor, sin embargo, las palabras de Tolkien sobre al carácter alegórico de la gesta del anillo serían contundentes. Él dijo que no pretendía desarrollar una alegoría. “Creo que muchos confunden ‘aplicabilidad’ con ‘alegoría’, pero la primera depende de la libertad del lector y la otra de las intenciones del autor”, escribió.(8) Sus intenciones, por lo tanto, no eran alegóricas, si bien la historia que concibió permite cómodamente la “aplicabilidad” de sus situaciones y personajes a las cambiantes circunstancias de los lectores de cada tiempo y lugar. ¿Cuáles habrían sido, entonces, las intenciones de Tolkien, si es que no fueron alegóricas? Podemos especular en el sentido de que esas intenciones eran, sencillamente, las de contar una entretenida, compleja y conmovedora historia relevante en la que se reconoce un hecho fundamental, a saber, que hay actos buenos y actos reprobables efectuados por personas que pueden considerarse “malas” cuando abundan en tales actos malos, y buenas cuando sus actos son principalmente buenos, por más que en la vida y en el mundo no todo sea “blanco o negro”, o bueno o malo “por definición”. Desde luego que siempre habrá matices y será factible cuestionar las “buenas” o “malas” esencias absolutas. Todas las personas son susceptibles de redención o de perdición. Pero lo bueno y lo malo –no nos engañemos– sí existen, y es posible pensar en historias que nos lo destaquen con meridiana claridad, las cuales tendrán que ser por fuerza historias fantásticas, ubicadas en una tierra-de-nunca-jamás porque a la realidad del bien y el mal es más difícil situarla, reconocerla y hasta aceptarla en este mundo que nos rodea, al que por cierto explora la literatura “realista” y plenamente alejada de la ficción fantástica. La magnum opus de Tolkien propondría, así, de un modo muy complejo, al igual que las cintas de Peter Jackson de manera mucho más diáfana, que en este mundo hay cosas esclavizantes, degradantes, quizá placenteras pero enajenantes y por lo tanto, malas –el anillo–, que nos obligan a ponderar y a cultivar otras cosas buenas, placenteras también, aunque de un modo más elevado, tanto como constructivas y bellas, por las que bien vale la pena luchar. Estas cosas nos obligan a enfrentar con decisión y valentía al mal, y si decir esto es ingenuo; si hablar sencillamente de que existen un bien y un mal es maniqueo, entonces la obra literaria de J. R. R. Tolkien ciertamente lo es. Pero también pudiera defenderse que ello no es más que un mito. |
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| NOTAS | |||||||||||||||||||||||||||||||||
| (1) Jorge Luis Borges, Obras completas en colaboración. Emecé editores, Barcelona, 1997, p. 787. (2) Loc. Cit., p. 787. (3) Humphrey Carpenter, J. R. R. Tolkien. The Authorised Biography. Unwin Paperbacks, Londres, 1978, p. 64. (4) Tal vez el más famoso texto académico de Tolkien sea la que originalmente fue su conferencia intitulada “Beowulf: The Monsters and the Critics”, publicada por primera vez en Proceedings of the British Academy, No. 22, 1936. A este texto se le cita regularmente en las ediciones modernas del poema anglosajón escrito entre los siglos VIII y X, Beowulf, por ejemplo, la del volumen Beowulf and Other Old English Poems, traducido por Constance B. Hieatt, Bantam Books, Toronto y Nueva York, 1988. (5) Hay una elocuente descripción de estos elementos de sello claramente mitológico en David Day, El anillo de Tolkien, traducción de Elías Sarhan, Ediciones Minotauro, Barcelona, 199, pp. 180-181. (6) Esta atinada figura descriptiva es de Viggo Mortensen –el actor que interpreta a Aragorn en las películas de Peter Jackson–, quien la incluyó en su “Introducción” a Jude Fisher, Las dos torres. Álbum de la película. Barcelona, Ediciones Minotauro, 2002, p. 5. (7) Diario Reforma, Suplemento Time Americas, 19 de diciembre de 2002. El mismo crítico agrega: “la comunidad a que hace referencia la película puede interpretarse como las democracias occidentales, ahora asediadas por la facción lunática del fundamentalismo islámico”. (8) Citado por David Day, Op. Cit., p. 173. |
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