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| Tolkien: tercera parte | |||||||||||||||||||||||||||||||||
| Tolkien: Un cincuentenario cinematográfico |
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| Con la última entrega de la trilogía ciematográfica de "El señor de los anillos" nos llega también, como colaboración exclusiva para Conocimiento y Sociedad, la parte final de la reflexión de José Hernández sobre la obra de J. R. R. Tolkien. | |||||||||||||||||||||||||||||||||
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| José Hernández Prado | |||||||||||||||||||||||||||||||||
| Hacia 1930 el profesor de lengua y literatura medievales inglesas –y especialmente de idioma anglosajón– John Ronald Reuel Tolkien, adscrito al Pembroke College de la Universidad de Oxford, empezó a escribir en sus ratos de ocio un libro de ficción infantil que se llamaría El hobbit. El libro estaba apoyado en las historias fantásticas que él había inventado para contarles a sus hijos John, Michael, Christopher y Priscilla, y que se desprendieron de una frase que ingenió en el verano de 1928, al corregir exámenes escolares: “en un hoyo en el suelo vivía un hobbit”.(1) En 1936 una exalumna del profesor Tolkien, Elaine Griffith, se enteró del manuscrito inacabado de su antiguo maestro y planeó una cita con Susan Dagnall, quien también había sido académica en Oxford y ahora laboraba en la casa editorial George Allen & Unwin, de Londres. Ambas convencieron a Tolkien de que concluyese su novela para niños y en octubre de 1936 el profesor entregó el texto a Stanley Unwin, director de la firma, quien, como ya es conocido, lo dio a dictaminar a su hijo, que tenía entonces diez años de edad. Rayner Unwin –fallecido, por cierto, el 23 de noviembre del año 2000– aprobó entusiastamente el libro. El hobbit salió a la venta el 21 de septiembre de 1937. Los colegas de J. R. R. Tolkien en Oxford apenas se enteraron del hecho, pero una columna del diario londinense The Times alabó y saludó al cuento de hadas como una notable aportación a la literatura infantil, si bien por debajo de esa sorprendente historia escrita por otro académico de Oxford, Alicia en el País de las Maravillas. Para la navidad de 1937, la primera edición de El hobbit ya estaba agotada y en los siguientes meses del año 1938, el libro se publicó en los Estados Unidos por la editorial Houghton Mifflin. El New York Herald Tribune lo declararía la mejor novela para niños del año y Stanley Unwin, consciente de que tenía en sus manos un productivo best-seller, dijo a Tolkien que “un vasto público clamará el año que viene por escuchar más sobre los hobbits”.(2) La primera y curiosa reacción del profesor Tolkien fue enviar a Stanley Unwin algunas historias infantiles como “El señor Bliss”, “Roverandom” o “El granjero Egidio de Ham”, además de una inconclusa y extrañísima colección de relatos fantástico-mitológicos, que llevaba el título de El Silmarillion. Si bien estos materiales parecían dignos de |
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| J. R. R. Tolkien | |||||||||||||||||||||||||||||||||
| atención, en particular los cuentos de hadas, tenían el grave defecto de no tratar acerca de los hobbits, que era lo que deseaba Unwin, por lo que Tolkien se entregó, desde diciembre de 1937, a escribir una nueva novela que incorporase los requeridos hobbits. “El nuevo hobbit”, llamó familiar y provisionalmente Tolkien a su naciente libro, cuyo personaje central era un tal Bingo Bolger-Baggins. La trama, sin embargo, se complicó progresiva y desmedidamente y hacia el verano de 1939 el protagonista era ya Frodo Baggins. La novela se alejaba absurda y peligrosamente del género infantil para recibir el enigmático nombre de El señor de los anillos. Todavía en diciembre de 1942, la editorial Allen & Unwin alentaba ciertas esperanzas de hacerse de un “nuevo hobbit”, no obstante que los lectores del libro original estaban adentrándose en la adolescencia. El incomprensible escritor, sin embargo, iba a la altura del capítulo XXXI y le esperaban precisamente otros tantos –por supuesto que no planeados desde un principio– para concluir su inclasificable libro. La Segunda Guerra Mundial estalló en noviembre de 1939 y desde entonces Inglaterra viviría bajo la amenaza de una invasión de la Alemania nazi y del devastador ataque de las bombas V-2. De hecho, un bombardeo destruyó en 1942 los almacenes donde se guardaba la segunda edición de El hobbit. El anunciado “nuevo hobbit”, o el muy personal “Señor de los anillos”, crecía y se enredaba tremendamente, al tiempo que su redacción era abandonada durante largos meses de racionamiento, angustias y penalidades. Tan sólo las exhortaciones de su gran amigo, el conocido polígrafo oxoniense Clive Staples Lewis, así como de sus compañeros del círculo literario de los Inklings y de su hijo Christopher, reclutado en la Royal Air Force –quien disfrutara en las cartas que le enviaba su padre de los avances del texto–, propiciaron que Tolkien continuara escribiendo pesarosamente su libro, como si él mismo fuese un Frodo y todas aquellas personas el Sam que le ayudara en el terrible encargo de destruir el Anillo. La inacabable narración de El señor de los anillos comenzó a hospedar la enorme erudición filológica y medievalista, así como la profunda, razonable y humanista cosmovisión cristiana de la vida de su discreto creador, el excéntrico profesor Tolkien, a quien un C. S. Lewis ideológicamente afín apodaba con complaciente afecto, “Tollers”. El grupo de los Inklings, que sumaba además de Lewis y Tolkien, a Neville Coghill, Owen Barfield, Warren Lewis –“Warnie”, hermano de C. S. Lewis, cuyo sobrenombre era “Jack”–, Humphrey Havard, Gervase Mathew, Hugo Dyson, Charles Williams, Aleistar Campbell, Charles Wrenn y el propio hijo menor de Tolkien, Christopher, se reunía los martes por la mañana en el pub Eagle & Child de Oxford –mejor conocido por sus parroquianos como el “Bird & Baby”–, o bien los martes por la noche en los aposentos universitarios de C. S. Lewis, para comentar y discutir las ideas y los textos de sus variados miembros. Los Inklings escucharon con paciencia y criticaron provechosamente numerosos fragmentos de la novela de Tolkien, aunque no en todos los casos con una comprensión y respeto absolutos. Christopher Tolkien ha declarado que cuando su padre sacaba tímidamente sus cuartillas del “nuevo hobbit”, para leerlas ante los Inklings, Hugo Dyson gritaba con frecuencia “¡Dios mío! ¡No más elfos!”, mientras que Jack Lewis le espetaba “¡Cállate, Dyson!” y agregaba caballerosamente, “adelante, Tollers”.(3) Parece que Tolkien terminó el manuscrito de su extenso libro a mediados de 1948. Un dato más seguro es que su prolongada revisión final concluyó hacia diciembre de 1949, cuando se puso el punto final a una novela comenzada doce años antes, en diciembre de 1937. Por supuesto, esa revisión pudo haberse realizado en menos tiempo, pero Tolkien carecía del dinero suficiente para pagar una secretaria. El texto fue enviado a Stanley Unwin a principios de 1950, quien ya había descartado el proyecto de una continuación para El hobbit, y tan sólo recibió con cortesía el inmenso e inasible material que llegaba a su escritorio. Desde luego, no fue revisado de inmediato. Tolkien también remitiría el manuscrito –gracias a los buenos oficios de su compañero inkling, Gervase Mathew– a la editorial William Collins e Hijos, que contestó a su sorprendido e indignado autor que lo publicaría de inmediato, con la dura condición de hacerle varios recortes drásticos y extensos. El problema era que en las difíciles circunstancias de la posguerra, ninguna editorial británica podía darse el lujo de editar una novela de más de mil páginas, particularmente si provenía de un advenedizo en el ambiente de los autores literarios profesionales. Fue hasta 1952 que el dictaminador original de El hobbit, el joven editor Rayner Unwin, acabó de leer el texto original de El señor de los anillos y sugirió a su padre la arriesgada propuesta de publicar con ciertos trucos editoriales y llevaderas, pero bastante probables pérdidas económicas, la que de inmediato consideró como una novela asombrosa. “Si crees que es una obra genial puedes perder mil libras”,(4) le contestó el ahora Sir Stanley Unwin, quien en ese momento estaba haciendo un largo viaje por el extranjero. Rayner Unwin decidió publicar el libro en forma íntegra, dividiéndolo en tres partes que él mismo denominó “La comunidad del anillo”, “Las dos torres” y “El retorno del rey”. Tolkien aprobó a regañadientes el esquema de edición de la obra y estuvo de acuerdo con los nombres asignados a su naciente trilogía. Aunque expresó que el tercer título debía llamarse algo así como “La guerra del anillo”, en lugar de “El retorno del rey” –pues ese nombre resultaba menos revelador–, no estaba en condiciones de imponer todos sus puntos de vista. Los Unwin financiarían completamente el proyecto y por ello programaron, para mediados de 1954, una edición de 3500 ejemplares –la habitual en la Inglaterra de aquellos días– para el primer volumen de El señor de los anillos; otra de 3250 para el segundo volumen, la cual aparecería en 1955, y una final de “El retorno del rey”, con sólo 3000 ejemplares, hasta 1956. Sin embargo, sucedió algo inesperado. La modesta edición de “La comunidad del Anillo” comenzó a agotarse rápidamente y Allen & Unwin debió apresurar la publicación de “Las dos torres”, que llegó a las librerías en noviembre de 1954, con un número de ejemplares mayor al previsto inicialmente. Cartas de lectores atormentados por lo inconcluso de la historia y críticas positivas en la prensa, determinaron que “El retorno del rey” viera adelantada –y por supuesto, también ampliada– su publicación y apareciera en el mes de octubre de 1955; de hecho, eso no ocurrió antes porque Tolkien requería tiempo para confeccionar los apéndices que había prometido desde un principio. Una vez que la trilogía quedó integrada y pudo lograrse una visión de conjunto de la obra, revistas y periódicos relevantes de Gran Bretaña y los Estados Unidos le dedicaron críticas predominantemente elogiosas. Destacaba un comentario en el New York Times, escrito por el poeta inglés W. H. Auden –exalumno de Tolkien en la Universidad de Oxford–, quien apuntó que el autor “ha triunfado donde Milton fracasó”,(5) refiriéndose, desde luego, a los rasgos épicos comunes tanto a El paraíso perdido, como a El señor de los anillos. Pero lo que podría llamarse el “fantasma de Hugo Dyson” hizo también y de inmediato su aparición entre las reseñas y comentarios a la novela de Tolkien. El prestigiado crítico literario norteamericano Edmund Wilson publicó en abril de 1956, en The Nation, un demoledor artículo donde figuraban los contenidos básicos de lo que aún hoy se critica frecuente y esencialmente en la novela fantástica, e incluso en las recientes películas de El señor de los anillos, dirigidas por Peter Jackson: que es una obra demasiado compleja y seria para el público infantil y demasiado ingenua para el adulto; que las situaciones y personajes del libro son declaradamente maniqueos y hasta pueriles, en extremo alejados de cuanto se relaciona con la compleja vida moderna; que la prosa y el verso de la novela son con franqueza amateurs y faltos del oficio de un verdadero profesional de la creación literaria; etcétera. Estas afirmaciones conforman lo que es factible denominar un “síndrome de Edmund Wilson”, que sigue convenciendo en la actualidad a numerosas personas en todo el mundo, con respecto a la enorme saga de J. R. R. Tolkien. Pero a cincuenta años de que apareciera la novela, pueden constatarse algunos hechos que cabría enfrentar al “síndrome” mencionado. El señor de los anillos ha vendido en todo el mundo, desde su publicación en 1954 y 55, más de 50 millones de ejemplares; se ha traducido a decenas de idiomas y ha sido declarado, por numerosas encuestas editoriales serias y prestigiadas –como las de la Folio Society o la cadena de librerías Waterstone (6)–, una de las novelas del siglo XX más gustadas por los lectores de habla inglesa. Cierta nota periodística reciente (7) informaba que J. R. R. Tolkien es en la actualidad una de las tres personalidades mundiales ya desaparecidas, que más dinero generan para sus herederos, luego de Elvis Presley y de Charles Schutz, creador de la tira cómica Peanuts. Cuando El señor de los anillos comenzó a publicarse en los Estados Unidos por Ballantine Books, en sus ediciones rústicas autorizadas, hacia 1965, tuvo lugar un primer auge cultural y desde luego comercial de la novela, que coincidiría con la emergencia de la cultura juvenil del rock, el movimiento hippie y la oposición político-social a la Guerra de Vietnam. Un segundo auge ocurrió justamente en los tiempos presentes con la portentosa producción cinematográfica de New Line Cinema, que no sólo ha representado un negocio multimillonario para esa firma, sino que, en general, fue estupendamente recibida por la crítica internacional. Dicha producción implicó un costo aproximado de 300 millones de dólares, aunque ha arrojado más de 900 millones por cada uno de los dos primeros filmes del director Peter Jackson, a los que habría que sumar los 500 millones de dólares que la tercera parte, “El retorno del rey”, recaudó en el mundo entero, tan sólo en las dos últimas semanas del año 2003.(8) Todas estas cifras, casi astronómicas, contrastan notablemente con las modestas previsiones originales de J. R. R. Tolkien y las francamente pesimistas de la editorial Allen & Unwin hace medio siglo, cuando el público anglófono conoció la novela. Pero un éxito comercial permanente y por momentos abrumador sólo puede sostenerse durante cinco décadas si está apoyado en un producto de calidad y no exclusivamente en cierta magia élfica de mercadotecnia. ¿Qué hay en El señor de los anillos que conquistó de inmediato a sus lectores desde los años 50 del pasado siglo XX? Una cosa muy simple y clara: que esta novela es una sincera y elocuente recreación del viejo folklore mitológico y literario medieval europeo y específicamente septentrional o nórdico, la cual se expresa en una entretenida, rica y sabia narración apoyada en los eficaces recursos de la narrativa dramática y novelística occidental moderna, particularmente la británica, de Shakespeare a Dickens y Chesterton, pasando por las hermanas Brontë y Walter Scott. Desde luego, no existe nada semejante en la novela de Tolkien a una revolución del género literario, como la que impulsaran el irlandés James Joyce o el francés Marcel Proust. Incluso ha de haber cientos de novelas convencionales bastante mejor armadas que El señor de los anillos, pero no cabe la menor duda de que la gran solvencia estilística y la capacidad artística de J. R. R. Tolkien, aunadas a la profundidad y complejidad del mundo fantástico-imaginario que creó con minucioso detalle y suma coherencia, colocan a esta novela muy por encima de bastantes otras mejor “logradas”, según las convenciones del género mencionado. Edmund Wilson tenía sobrada razón en varias de sus observaciones hoy socorridas, aunque también estaba terriblemente equivocado en cuanto a su juicio estético definitivo, como se encuentran ahora quienes ignoran, minimizan o descalifican la obra y el fenómeno tolkienianos. Del igual modo que el “síndrome Wilson” logró consolidarse a contracorriente de la entusiasta reacción de los lectores comunes, al ser posible la evaluación integral de la novela de Tolkien, hoy resulta viable una reafirmación de la “riqueza de Tolkien”, sobre la base del juicio exhaustivo a la trilogía fílmica de Jackson. Lo primero que hay que decir es que Tolkien fue llevado muy dignamente a la pantalla. Él corrió con la misma buena suerte que tendría Shakespeare en las producciones cinematográficas de Sir Lawrence Olivier o de Kenneth Brannagh, o bien –en nuestra opinión– que tuvo Thomas Mann con la rendición que hiciera el cineasta Luchino Visconti en 1971, de su bellísima y mahleriana novela corta, La muerte en Venecia. Lo mejor de Tolkien ya está en el cine y en consecuencia, cuenta ahora con muchas más posibilidades de divulgarse, pero también de masificarse y trivializarse. Bien han sugerido Gregory Bassham y Eric Bronson en un reciente e interesante libro editado por ambos, que hoy es frecuente hablar de un “Tolkien para gente banal”, por lo que sería muy conveniente reivindicar también a un “Tolkien para personas inteligentes”. (9) Las artes visuales, incluido el cine, no son el mejor vehículo para la fantasía literaria, como lo sostuviera el propio Tolkien en su célebre conferencia de 1938 sobre los cuentos de hadas, dictada en la Universidad St. Andrews.(10) La imagen que aquellas artes ofrecen de los personajes y las situaciones de lo fantástico, nunca será la misma que pueda formarse mental y personalmente cada uno de los lectores de un texto. Además, una novela como El señor de los anillos es extremadamente rica en reflexiones, descripciones y emociones que no admiten una perfecta traducción al medio cinematográfico –piénsese en las profundas e ingeniosas meditaciones sobre el lenguaje que conlleva el personaje de Treebeard (Bárbol), o bien en las agudas sugerencias sobre el arte de la retórica que contiene el pasaje de la capitulación de Saruman en la derrotada Orthanc–. Las películas de Peter Jackson destacan lógica y emotivamente –de un modo mucho más que aceptable– la línea argumental básica de la gesta del anillo y las personalidades de las figuras principales de la novela, y por supuesto, ellas lograron deslumbrarnos con sus efectos especiales y su hermosísima ambientación de la historia y la geografía de la Tierra Media, aunque no dejan de ser una interpretación de ese mundo, precisamente la del director y los guionistas de la trilogía. Por fortuna, se trata aquí de buenos tolkiendilis –amantes de la literatura de Tolkien–, aunque su perspectiva sea tan subjetiva y respetable como la que más y, en consecuencia, no excluyente de otras. El vasto público de J. R. R. Tolkien jamás olvidará las cintas de New Line Cinema, pero ellas envejecerán mucho más rápido que la novela misma, de igual manera que los shakespeareanos Hamlet o Enrique V han subsistido vigorosamente sin la ayuda de los brillantes filmes de Brannagh y Olivier. Finalmente, en cuanto a la posiblidad o la pertinencia de que Jackson obtenga para “El retorno del rey” alguno de los premios de la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas de Hollywood –los “óscares”, quizás para mejor película del año o para mejor director–, es factible sugerir que no siempre son las personas y las obras las que tienen que esforzarse por ganar aquellos grandes premios, como muy bien lo supieron Jorge Luis Borges y James Joyce –que nunca obtuvieron el premio Nóbel de literatura–, o bien El ciudadano Kane, de Orson Welles; en ocasiones son más bien los premios los que debieran ser capaces de reconocer merecimientos claros, justo para validarse como auténticamente grandes. |
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| NOTAS | |||||||||||||||||||||||||||||||||
| (1) Humphrey Carpenter, J. R. R. Tolkien. A Biography. Unwin Paperbacks, Londres, 1978, p. 175, y Daniel Grotta, Tolkien. Editorial Planeta, Barcelona, 1982, pp. 107-108. (2) Carpenter, H. Op. Cit., p. 196. (3) Programa de televisión Portrait of John Ronald Reuel Tolkien, 1892-1973. A Landseer Production, The Tolkien Partnership, 1992. (4) Grotta, D. Op. Cit., p. 153. (5) Grotta, D. Op. Cit., p. 159. (6) Véase el artículo “Tolkien más allá de sí mismo. El irreductible sentido común de los hobbits”, en este mismo sitio de Internet. (7) Periódico Reforma, Sección “Gente”, 28 de octubre de 2003. (8) Periódico Reforma, Sección “Gente”, 31 de diciembre de 2003. (9) Gregory Bassham y Eric Bronson, editores. The Lord of the Rings and Philosophy. Open Court, Chicago, 2004, p. 1. (10) Tolkien, J. R. R., “On Fairy-Stories”, en The Tolkien Reader, Ballantine Books, Nueva York, 1989, pp. 33-99. |
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