Watson, fundador de la escuela conductista de Psicología, sentenciaba a finales de los años veinte del siglo pasado el objetivo básico de la ciencia: El conductista, declaraba, “quiere controlar las reacciones de los hombres igual que los científicos físicos quieren controlar y manejar otros fenómenos naturales (J.B. Watson, 1958 ).  La gente -esto es, la otra gente- sería contemplada en gran medida como si se tratara de materia manipulable; imagen del ser humano que explica en forma clara el psicólogo conductista B. Skinner: “Los tan alardeados poderes creadores del hombre..., su capacidad para escoger y nuestro derecho a hacerle responsable de su elección, nada de esto tiene relevancia alguna en su nuevo autorretrato (que proporciona la ciencia). Hubo una época en la que creíamos que el hombre era libre de manifestarse en el arte, en la música y en la literatura, de indagar en la naturaleza, de buscar la salvación por su propio camino. Podía iniciar una acción y realizar cambios espontáneos y caprichosos de rumbo...Pero la ciencia insiste en que la acción es iniciada por fuerzas que están por encima del individuo y que el capricho no es más que el nombre de un tipo de conducta cuya causa todavía no hemos hallado” (B.F. Skinner, 1956)

Las citas anteriores se caracterizan por una falta de consideración hacia la dignidad y el valor del ser humano; la imagen del hombre que subyace a estos textos es la de un autómata, una imagen del ser humano que sanciona la violación de su integridad básica en nombre de la ciencia. Las interrogantes obvias, ante este tipo de concepción, serían ¿qué tipo de personas son las que tienden a convertirse en científicos? ¿cuáles son sus valores y compromisos básicos? ¿por qué y para qué se desarrolla el conocimiento denominado científico? Si su meta no radica en contribuir, como señala Brian Easlea, a la construcción de un mundo más bello, un mundo en que la gente sea cada vez más autoconsciente, más capaz de determinar su propia vida, de ser cada vez más humana, entonces, ¿cuál es su meta real?. Quien no es científico con seguridad se preguntará ¿qué intentan hacer los científicos con toda esa cantidad de materia manipulable? ¿Son ellos, los científicos, los que deciden qué investigar, así como cuándo, cómo y por qué emplear el producto de sus investigaciones? O ¿son unos empleados más -como cualquier otro asalariado- que ponen a la disposición de los inversionistas  lo que ha de proceder con el producto de su trabajo?...

La creencia en la ciencia como fuerza liberadora declinó drásticamente a finales del siglo pasado y aunque existen destellos de la capacidad potencial que ofrece la ciencia, el ánimo que prevalece en nuestra sociedad no es muy optimista. ¿Qué ha sucedido, por ejemplo, con los trabajos realizados por Molina y Rowland  quienes en la década los 70´s previnieron de las consecuencias ambientales que se estaban generando como resultado del calentamiento global -producto de la afectación a la capa de ozono-y en donde el empleo de los CFC (clorofluorocarbonos) y la quema de combustible jugaban un papel fundamental? De la misma forma que a Casandra, en el libro Agamenón de Esquilo, las voces de Mario Molina y Sherwood Rowland fueron señaladas como catastrofistas.

La promesa de la ciencia, se dice, se basa en una ilusión. Si la ciencia no destruye toda la vida en el futuro inmediato, lo que surgirá en ella será una “vida” exenta de calor, de ternura, de amor y de pensamiento imaginativo, una vida en la muerte, el único tipo de vida, esgrimen sus críticos, que la ciencia está dispuesta a reconocer. Ciertamente éste es el resultado final de la indagación científica, según las previsiones de algunos autores del siglo XX que se han ocupado de analizar el futuro. Pues mientras los herederos del sistema universal de Copérnico soñaban con una sociedad de hombres, liberada por la ciencia del dolor, la fatiga y el miedo, una sociedad de hombres que vivieran gozosa y creadoramente en armonía, los que en el siglo XX heredan la imagen galileana de la naturaleza no han podido experimentar sino esa visión de pesadilla de un mundo de “hombres” robot, de un mundo de sufrimiento y de terror o de una “felicidad” vacía (B. Easlea, 1977).

La creencia en la existencia de una ciencia pura (con su contraparte la ciencia aplicada) parece ser más producto de una idea cándida o claramente parcial acerca de la actividad científica y su vinculación con la sociedad. Es evidente que los científicos, como cualquier otro individuo, interactúan en un entorno social; por lo que todo lo que ellos realicen, descubran o inventen tendrá forzosamente que repercutir, aunque sea de manera ínfima, en la sociedad.  Esto último se hace más evidente en las denominadas ciencias sociales. En estas debemos contemplar la publicación de los resultados de una investigación como una forma de intervención social. Más aún, la recolección de datos sociales y la verificación de las “teorías sociales” las podemos considerar como actividades sociales de carácter “perturbador”, por lo que concluiríamos de manera general que la investigación científica sobre la propia sociedad implica necesariamente una intervención con consecuencias sociales intencionadas o no, pero en cualquier caso con consecuencias.

Alberto Merani (1973) en su “Psicología y Alineación” señala que:”la Psicología como antropología concreta pueda decir mucho sobre el hombre está fuera de discusión. Pero cuando se distancia de la función histórica de sus fines y se centra en la práctica de especulaciones generales, desvirtúa al principio mismo del saber, se anula como conocimiento científico o filosófico, y se convierte en máscara “humanizadora” de la tecnocracia. A sabiendas o no, entonces, los psicólogos están al servicio de la alineación y hacen de la Psicología un instrumento de poder”

En su libro “1984” Eric Blair, cuyo seudónimo fue el de George Orwell, plantea una serie de problemas sociológicos que son dignos de resaltarse. Por ejemplo, en la sociedad descrita por Orwell se manifiesta lo que Adam Schaff denomina alienación objetiva. Fenómeno que está presente no sólo en una clase social determinada; se hace patente en las diferentes clases existentes de ese momento (partido exterior, partido interior y proles). El partido interior lo conforma la clase dirigente la cual para su control sobre los otros se subdivide en cuatro ministerios, los cuales forman todo el sistema gubernamental. El Ministerio de la Verdad, que se dedicaba a las noticias, a los espectáculos, la educación y las bellas artes; el Ministerio de la Paz para los asuntos de guerra; el Ministerio de Amor, encargado de mantener la ley y el orden; y el Ministerio de la Abundancia, al que correspondían los asuntos económicos.

Schaff señala que el estado es una institución enajenada, un poder surgido de la sociedad, de sus contradicciones internas, que se sitúa sin embargo por encima de ella. Originado por la división de la sociedad en clases y por la lucha de éstas, el estado es siempre el estado de la clase dominante y se sirve para forzar de manera coercitiva la obediencia de las clases oprimidas y explotadas.

Winston, personaje central de la obra, rememora vagamente algunos pasajes de su infancia cuando trata de recordar la situación que prevalecía en su niñez: “-no debíamos habernos fiado de ellos. ¿Verdad que te lo dije, abuelita? Nos ha pasado esto por fiarnos de ellos. Siempre lo he dicho. Nunca debimos haber confiado esos canallas.” Este pasaje recordado por Winston refleja la lucha que se llevaba al cabo en ese entonces por grupos diferentes (lucha de clases), y el triunfo obtenido por alguno de estos, logrando así la supremacía sobre los otros. Surge así el Partido (Estado), pero nace alienado ya por su misma naturaleza; este Partido que es producto de una lucha de clases, de las contradicciones internas de la sociedad en donde surge, es pues, una institución enajenada que se sitúa por encima de la sociedad misma. Es así como se manifiesta la alineación del Estado; además, es conveniente recordar lo señalado por Schaff: los diversos productos del hombre en un determinado mecanismo social y sometido a las leyes que rigen a este mecanismo, funciona a veces de una manera que no han estado en la instancia del hombre, y esta autonomía de su manera de funcionar ante las metas fijadas por su creador se convierte en un elemento de la espontaneidad de la evolución social. Los productos del hombre se transforman así en el marco de referencia de la relación de alineación, en un poder ajeno al hombre que se enfrenta a la voluntad de éste, frustra sus planes, llegando incluso a amenazar su existencia, sometiéndolo bajo su dominio. “Pero te aseguro Winston, que la realidad no es externa. La realidad existe en la mente humana y en ningún otro sitio. No en la mente individual, que puede cometer errores y que, en todo caso, perece pronto. Sólo la mente del Partido, que es colectiva e inmortal, puede captar la realidad. Lo que el Partido sostiene que es verdad es efectivamente verdad. Es imposible ver la realidad sino a través de los ojos del Partido. Este es el hecho que tienes que volver a aprender, Winston. Para ello se necesita un acto de autodestrucción, un esfuerzo de la voluntad. Tienes que humillarte si quieres volverte cuerdo.” Y en otra parte se lee: “Lo esencial de la regla oligárquica no es la herencia de padre a hijo, sino la persistencia de una cierta manera de ver el mundo y de un cierto modo de vida impuesto por los muertos a los vivos. Un grupo dirigente es tal grupo dirigente en tanto pueda a sus sucesores. El Partido no se preocupa de perpetuar su sangre, sino de perpetuarse a sí mismo. No importa quien detenta el poder con tal de que la estructura jerárquica sea siempre la misma.”

Los pasajes anteriormente citados reflejan en toda su amplitud la concepción referida por Schaff acerca de las instituciones alienadas, producto  que se transforma en un poder ajeno al hombre, amenaza su existencia, sometiéndolo bajo su dominio. El Partido no es una persona en concreto, es un grupo que conforma una institución la cual adquiere características propias, tratando de subsistir como institución, independientemente de la voluntad de sus integrantes.

Pero la alineación objetiva no sólo se manifiesta en el Partido Interior, también hace su aparición en el Partido Exterior. Este está formado fundamentalmente por lo que llamamos burocracia. Los miembros del Partido Exterior tienen una diversidad de funciones que deben realizar. En términos generales, estos realizan la parte manual dictaminada por el Partido Interior. Cada uno de los miembros pertenecientes al partido tiene asignado un trabajo específico, del cual no tienen libertad de rehuir. Weber señala que una de las características de la burocracia es que su actividad está determinada por la “ruta” del mecanismo, que prescribe a cada funcionario, movimiento o detención en su función específica. Fromm señala también que: “La crítica decisiva del capitalismo que Marx hace, no se refiere a la distribución injusta de la riqueza, sino a la desvirtuación del trabajo obligado, alienado y sin sentido, y por tanto la transformación del hombre en una “monstruosidad mutilada”. El concepto del trabajo de Marx, como expresión de la individualidad del hombre, está condensadamente expresado en su manera de concebir la superación total de la sujeción perpetua de un ser humano por la actividad.”

El Partido descrito por Orwell está formado por hombres y mujeres que tienen ya asignadas las labores que han de realizar, funcionando estos, entonces, como elementos que están encadenados con toda su existencia material e ideal al cual forman minúsculos elementos. La sociedad de 1984 está planeada de tal forma que el trabajo les resulta a los miembros del Partido como una labor fascinante, no obstante éste no deja de ser rutinario y específico para cada uno de los integrantes (lo que llevaría al especialidiotismo, según Marx). “El mayor placer de Winston era su trabajo. La mayor parte de este consistía en una aburrida rutina, pero también incluía labores tan difíciles e intrincadas que se perdía uno en ellas como en las profundidades de un problema de matemáticas: delicadas labores de falsificación en que sólo se podía guiar uno por sus conocimientos de los principios del Ingsoc y el cálculo de lo que el Partido quería que uno dijera. Winston servía para esto.”

Los proles conforman la clase más baja. El trabajo realizado por ellos es una labor sin objetivo definido. Trabajan para obtener dinero y gastarlo en mercancía. Su participación política es nula, ya que se les considera como seres sin conciencia, su única función para el Partido Interior es la de reproducirse y trabajar para el beneficio de éste. “la rebelión física o cualquier movimiento preliminar hacia la rebelión no es posible en nuestros días. Nada hay que temer de los proletarios. Dejados aparte, continuarán de generación en generación y de siglo en siglo, trabajando, procreando y muriendo, no sólo sin sentir impulsos de rebelarse sino sin la facultad de comprender que el mundo podría ser diferente de lo que es. Sólo podrían convertirse en peligrosos si el progreso de la técnica industrial hiciera necesario educarles mejor; pero como la rivalidad militar y comercial han perdido toda importancia, el nivel de la educación popular declina continuamente. Las opiniones que tenga o no tenga la masa se considera con absoluta indiferencia. A los proletarios se les puede conceder la libertad intelectual por lña sencilla razón de que no tienen intelecto alguno.”

La cita anterior ejemplifica tanto la alineación objetiva de los proles con respecto al trabajo, así como la alineación subjetiva con respecto a la política (ya que no tienen participación en ese campo), y cultural (ya que la ideología dada por el Partido es aceptada, pero en una forma de adormecimiento de la conciencia -la cual es otra de las manifestaciones de la enajenación-). “las drogas y el alcohol “curan” esta enfermedad, sólo que el paciente sucumbe ante la terapia” (Schaff, 1975).

La alineación del yo se manifiesta en Winston en una forma contradictoria. En primer lugar, podemos decir que Winston se encuentra alienado con respecto al Partido ya que su posición es contraria a éste, por lo que es visto por el sistema como un individuo anormal, enfermo. O’Brien al interrogar a Winston le dice: “¡No! No te traemos sólo para hacerte confesar y para castigarte. ¿Quieres que te diga para que te hemos traído? ¡¡Para curarte!! ¡¡Para volverte cuerdo!! Debes saber, Winston, que ninguno de los que traemos aquí sale de nuestras manos sin haberse curado. Al Partido no le interesan esos estúpidos delitos que has cometido. No nos interesan los actos realizados; nos importa sólo el pensamiento. No sólo destruimos a nuestros enemigos, sino que los cambiamos.” Y más adelante el mismo O’Brien dice a Winston: “¿Recuerdas haber escrito en tu diario que no importaba que yo fuera amigo o enemigo, puesto que yo era por lo menos una persona que te comprendía y con quien podías hablar? Tenías razón. Me gusta hablar contigo. Tu mentalidad atrae a la mía. Se parece a la mía excepto en que está enferma.”

En segundo lugar, se da una lucha interior para poder obtener la identificación ideal del personaje, pero que al ser opuesta al Partido acarrea una serie de dificultades entre su yo ideal y su yo real. Fromm señala que en ocasiones las personas enfermas (neuróticas) están menos enajenadas en relación a su yo, que las personas “normales”, que se han enajenado completamente de su yo en el curso de su total adaptación a las circunstancias exteriores, en tanto que la neurosis es una forma de autodefensa del yo contra la enajenación. La persona enferma está enferma dentro del contexto social, pero desde una perspectiva individual es más sana que los llamados seres humanos normales.

El Partido para obtener el control no sólo de los elementos materiales así como de las conciencias de las personas recurre a una serie de procedimientos que le permiten prevalecer, sin la amenaza de una posible sublevación por parte de los integrantes del Partido (fundamentalmente del exterior). Este control de las conciencias se realiza mediante el culto a la personalidad. Este culto se caracteriza por la deidificación que del personaje hacen los individuos del Partido. Esta deidad se concretiza en la imagen del Gran Hermano, personaje éste perfecto, todopoderoso, del cual se hace creer que provienen todos los beneficios. “En el vértice de la pirámide está el Gran Hermano. Este es infalible y todopoderoso. Todo triunfo, todo descubrimiento científico, toda sabiduría, toda felicidad, toda virtud, se considera que proviene directamente de su inspiración y de su poder. Nunca nadie ha visto al  Gran Hermano. Es una cara en los carteles, una voz en la telepantalla. Podemos estar seguros de que nunca morirá y no hay manera de saber cuándo nació. El Gran  Hermano es la concreción con que el Partido se presenta al mundo. Su función es actuar como punto de mira para todo amor, miedo o respeto, emociones que se sienten con mucha mayor facilidad hacia un individuo que hacia una organización. Detrás del Gran Hermano se halla el Partido Interior, del cual sólo forman parte seis millones de personas, o sea, menos del seis por ciento de la población de Oceanía.” En contrapartida y para reforzar la imagen del Gran Hermano se nombra la imagen totalmente opuesta a éste. Goldstein es el traidor, revolucionario y representa todo lo malo que pueda existir. Para reforzar las concepciones que se tienen de ambos personajes se crea información referente a las actividades de cada uno de ellos, claro está que estas actividades se relacionan con las características preformadas de ambos, lo que permite no sólo reforzar la imagen de los dos personajes, sino también mistificarlas.

Los problemas que pudieran surgir debido al tipo de vida que se da a los individuos se salvan mediante otro mecanismo de liberación de energía: los dos minutos de odio. Por medio de este mecanismo las personas descargan todas sus emociones. Emociones que posteriormente se desea eliminar. “Se espera que todo miembro del Partido carezca de emociones privadas y que su entusiasmo no se enfríe en ningún momento. Se supone que vive en continuo frenesí de odio contra los enemigos extranjeros y los traidores de su propio país, en una exaltación triunfal de las victorias y en absoluta humildad y entrega ante el poder y la sabiduría del Partido. Los descontentos producidos por esta vida tan seca y poco satisfactoria son suprimidos de raíz mediante la vibración emocional del los Dos Minutos de Odio, y las especulaciones que podrían quizá llevar a una actitud escéptica o rebelde son aplastadas en sus comienzos o, mejor dicho, antes de asomar a la conciencia, mediante la disciplina interna adquirida desde niñez.”

El elemento más importante quizá para mantener el control por parte del Partido lo conforma la alineación del lenguaje. En determinadas situaciones no solamente se produce una independización del lenguaje, sino que éste comienza a dominar a las personas bajo la forma de tiranía de las palabras: son palabras éstas que le imponen un juego de pensamiento que no va de acuerdo con la realidad, especialmente cuando ellos están relacionados con las palabras del entorno de los estereotipos heredados. Precisamente este juego de pensamiento se da en la sociedad de Orwell con el “doblepensar”.

“Doblepensar significa el poder, la facultad de sostener dos opiniones contradictorias simultáneamente, dos creencias contrarias albergadas a la vez en la mente. El intelectual del Partido sabe en que dirección han de ser alterados sus recuerdos; por tanto, sabe que está truncando la realidad; pero al mismo tiempo satisface a sí mismo por medio del ejercicio del doblepensar en el sentido de que la realidad no queda violada.” En otra parte Syme dice a Winston:”¿No ves que la finalidad de la neolengua es limitar el alcance del pensamiento, estrechar el radio de acción de la mente? Al final, acabaremos haciendo imposible todo crimen del pensamiento. En efecto, ¿cómo puede haber crimental si cada concepto se expresa claramente con una sola palabra, una palabra cuyo significado esté decidido rigurosamente y con todos sus significados secundarios eliminados y olvidados para siempre?”.

Aunado al manejo del lenguaje que a corto plazo eliminará según el Partido las otras formas de control (eliminación de los elementos peligrosos, cura de los individuos enfermos para el Partido, etc.) se encuentra el control del pasado. Por medio de este control se justifica la supuesta infalibilidad del Partido, borra materialmente cualquier indicio de debilidad por parte de éste. Este control se realiza a través de cambiar los hechos de la historia según convenga en un momento dado al Partido. De esta manera, la historia ha de ser escrita continuamente. “Esta falsificación diaria del pasado, realizada por el Ministerio de la Verdad, es tan imprescindible para la estabilidad del régimen como la represión y el espionaje efectuados por el Ministerio de Amor.” Y más adelante leemos: “La mutabilidad del pasado es el eje del Ingsoc. Los acontecimientos pretéritos no tienen existencia objetiva, sostiene el Partido, sino que sobreviven sólo en los documentos y en las memorias de los hombres. El pasado es únicamente lo que digan los testimonios escritos y la memoria humana. Pero como quiera que el Partido controla por completo todos los documentos y también la mente de todos sus miembros, resulta que el pasado será lo que el Partido quiera que sea.”

El control del pasado requiere también, como ya se mencionó, el uso del doblepensar. Este pasaje no puede ser más claro:”...es preciso recordar que los acontecimientos ocurrieron de la manera deseada. Y si es necesario adaptar de nuevo nuestros recuerdos o falsificar los documentos, también es necesario olvidar que se ha hecho esto.”

  La enajenación de la ideología puede ser comprendida por una parte de acuerdo a la concepción de Marx acerca de la alineación ideológica: se puede considerar la ideología -dice Marx- como producto enajenado en el sentido de una falsa conciencia. De acuerdo a esto último podemos concluir que la ideología descrita por Orwell en su sociedad, es una ideología enajenada, ya que no se puede hablar de una conciencia en cada uno de los integrantes de la sociedad, ya que se carece de un reflejo de la realidad. Existe solamente respuestas condicionadas, que en última instancia no son más que respuestas manipuladas, y la realidad para adquirir su carácter de “real” tendría que estar exenta de éste elemento. En otras palabras, la realidad descrita en 1984 es una “realidad” del Partido, no una realidad de la naturaleza.

El papel que juega cada individuo en la sociedad es de trascendental importancia, más aún cuando se trata de personas que podrían tener una influencia mayor en un número determinado de sujetos. Es el caso de los científicos sociales, escritores, articulistas, políticos, etc. Estos personajes deberían estar concientes de la forma en que son empleados sus conocimientos, paraa quién, para qué y por qué se les utiliza. Evitando, como dice B. Easlea, esa visión de pesadilla de un mundo de hombres robot, de un mundo de sufrimiento y de terror o de una felicidad vacía. Así es como el torturador O’Brien, ayudado, cómo np, por un individuo de bata blanca, le dice a Winston que el mundo que el Partido está forjando es exactamente lo contrario de esas estúpidas utopías hedonistas que imaginaron los antiguos reformadores, y cuyo símbolo será una bota aplastando un rostro humano...incesantemente. Paradójicamente, como escribe Orwell, aquella idea de un paraíso terrenal en el que los hombres podrían vivir juntos en un estado de hermandad, sin leyes y sin trabajos penosos, que durante miles de años había venido estimulando la imaginación humana, se había desacreditado precisamente en el momento en que su realización parecía factible.

1984 es un mundo de pesadilla del futuro inmediato. Los dirigentes ya no son benignas figuras paternales que sufren la libertad con el fin de poder proporcionar a su pueblo la felicidad. Por el contrario, su estímulo es el deseo de poder. Como los hombres y las mujeres no deben guardarse una lealtad que el Partido no podría controlar, el amor y el erotismo se encuentran prohibidos. Por tanto, la política del Partido consiste en eliminar todo placer del acto sexual. Cuando, arrullado por un tordo, y junto a un arroyo serpenteante, Winston disfruta al hacer por primera vez el amor con Julia, más tarde siente, cuando Julia se queda dormida a su lado en la hierba, que esto era un golpe asestado al Partido. Era un acto político. Aunque a Winston se le tortura para que crea que dos y dos son cinco, la victoria de O’Brien no es completa hasta que, en la infame habitación 101, se tortura a Winston para que traiciones a la única persona que ha amado y que le ha amado en su vida. Entonces el camino queda despejado para que Winston “ame”, como termina efectivamente haciendo, al Gran Hermano.

Existe un temor generalizado que es común a todos estos mundos de pesadilla, el temor a la deshumanización y despersonalización de los seres humanos, a que se transformen en meros objetos, sometidos a la manipulación de la máquina o de la Elite Dirigente, faltos incluso de la conciencia de toda posibilidad de cambio. Por medio del condicionamiento, de la lobotomía, del uso restringido del lenguaje, a los seres-cosa del futuro se les hace creer que su sociedad es la única realidad posible, la única concebible. Puede haber una articulación del paradigma, pero nunca un cambio de paradigma. Los símbolos universales de la subversión carecen de existencia en 1984. Como la palabra libertad implica tanto toda la libertad conquistada hasta entonces como la libertad (indefinida) que aún está por conquistar, en el vocabulario de la neolengua no existirá tal palabra. No habrá Goethes en el mundo de 1984(Easlea, B.1977).

Cómo citar este texto:

Bustamante, E., (2007) Alienación y literatura. En Conocimiento y Sociedad.com. [En línea]. Disponible en: http://www.conocimientoysociedad.com/alienacion.html. (Accesado el día {fecha de acceso})

 

Alienación y Literatura

Enrique Bustamante Murillo