| Prado, J. (2001) "El papel del sentido común en la investigación científico-social" en Conocimiento y Sociedad.com, [En línea]. Disponible en http://www.conocimientoysociedad.com/sentidocomun.html | |||||||||||||||||||||
| El papel del sentido común en la investigación científico-social | |||||||||||||||||||||
| Conferencia dictada en la Universidad Mesoamericana, Oaxaca 24 de Mayo de 2001 |
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| José Hernández Prado | |||||||||||||||||||||
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| Thomas Reid (1711 - 1782) |
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| Pudiera asombrar referirse al “papel del sentido común en la investigación científico-social” si, como frecuentemente se dice, lo primero que debiera hacer a un lado esa investigación, cuando ella se despliega, es precisamente al sentido común. Hemos sido educados -en México y en muchas partes del mundo- con la idea de que la ciencia desplaza al sentido común y la investigación científica disipa, desde sus primeras etapas, a los “nubarrones” del sentido común. De acuerdo con esta concepción, el sentido común es, en principio, el conjunto de los saberes ordinarios que suscribe una colectividad en un tiempo y un lugar dados; conjunto que sería superado por aquellos saberes más refinados y completos del conocimiento científico. Pero también de acuerdo con la concepción mencionada, el sentido común pudiera ser, en última instancia, una manera de ver el mundo o bien aquella “mentalidad” o “ideología” que las estructuras sociales y culturales vigentes les imponen a los individuos de un modo inconsciente e involuntario, en forma tal que habría que concluir que el sentido común es siempre una mentalidad culturalmente acotada y cambiante, según las circunstancias y los contextos socio-históricos en que nos ubiquemos. El problema radica en que tal vez el sentido común no sea sinónimo de saber o saberes ordinarios; no sea sinónimo de visión simple o simplista de las cosas, social y culturalmente determinada; no equivalga a una pura mentalidad o ideología cultural que cambie de sociedad en sociedad o de tiempo en tiempo. La duda con respecto a esta concepción surgiría del hecho de que, muchas veces, nos referimos al sentido común como “el menos común de los sentidos”, es decir, como “buen sentido” o “buen juicio”; como “sensatez” o “razonabilidad”. Si en cuanto ideología dominante o saber ordinario el sentido común es despreciado y considerado “inferior” al saber o conocimiento científico, como sensatez el sentido común es siempre bien ponderado y es algo valorado por encima del conocimiento científico o de los juicios de los sabios, los intelectuales o los filósofos y científicos. Quizás habría que aceptar que el sentido común no es saber ordinario, visión simplista de la vida o el mundo o mentalidad sociocultural dominante. Y si el sentido común no es ninguna de estas tres cosas, entonces valdría la pena preguntarnos en qué consiste y cuál es su papel en la investigación científica, dado que esta investigación no rompe, propiamente, con el sentido común -cuando se le despliega conforme al “método científico”-, o no parte tampoco de él cuando se considera que dicha investigación se apoya siempre en paradigmas, programas o tradiciones de investigación que marcan los modelos de hacer ciencia en una época o una cultura dadas. Anticipemos cierta tesis interesante: todo conocimiento científico tiene que producirse, cuando no ocurre por un mero accidente de la historia de la ciencia, de un modo, al parecer, no estrictamente racional, sino razonable o sensato. No es infrecuente el hecho de que los científicos sean personas muy razonables en el ámbito de su propia investigación; que procedan con cordura o con sensatez para lograr los resultados que ellos obtienen. Cuando un descubrimiento científico se concreta y el científico que lo alcanzó nos explica ese descubrimiento, vemos que acaso sus procedimientos o su descripción de la materia en cuestión es bastante razonable o bien “suena sensata”, lo que sugiere que la investigación científica jamás se puede separar de la razonabilidad o de la sensatez; del buen sentido o buen juicio. Por excéntrico que nos parezca todo científico, su obra, al final de cuentas, siempre dará visos de ser sumamente juiciosa y razonable. Pero entonces ¿qué es el sentido común, si no es conocimiento ordinario, visión elemental de las cosas o ideología dominante? Muchos pensadores, desde épocas muy antiguas, han aportado elementos pertinentes para responder a esta pregunta. La lista se remonta a los antiguos autores grecolatinos -como Aristóteles, Cicerón o Séneca- y medievales -como Santo Tomás de Aquino-, pero sería sobre todo desde los tiempos en que la ciencia creyó romper abiertamente con el sentido común, cuando surgieron autores muy relevantes para la “filosofía del sentido común”. En el italiano Giambattista Vico (1668-1744); el francés Claude Buffier (1661-1737); el inglés Anthony Ashley Cooper, Tercer Conde de Shaftesbury (1671-1713); el escocés Francis Hutcheson (1694-1746) o los alemanes Friedrich Christoph Oetinger (1702-1782) o, desde luego, Immanuel Kant (1724-1804), tuvieron lugar reflexiones muy importantes sobre el sentido común. Sin embargo, suele reconocerse en el escocés Thomas Reid (1711-1796) al autor filosófico moderno más interesado en la temática de dicho sentido y quizás al auténtico “padre” o fundador de la moderna filosofía del sentido común. Thomas Reid fue un perfecto contemporáneo de David Hume (1710-1776), que articuló su filosofía en abierto contraste con la del gran escéptico escocés. Hume desde Edimburgo y Reid desde Aberdeen y luego Glasgow -donde en 1764 sustituyera al célebre Adam Smith en la cátedra de Filosofía Moral del Old College de la universidad de esa ciudad-, enriquecieron un ambiente filosófico -aquél de la Ilustración Escocesa- que problematizó a las entonces voyantes filosofía empirista británica y racionalista continental-europea. Con sus tres grandes obras denominadas An Inquiry into the Human Mind on the Principles of Common Sense, de 1764; Essays on the Intellectual Powers of Man, de 1785, y Essays on the Active Powers of Man, de 1788, Reid daría inicio a la denominada Escuela Escocesa (de la filosofía) del sentido común, la cual incluyó autores como James Beattie (1735-1802), Dugald Stewart (1753-1828) o Sir William Hamilton (1791-1856). Reid también influiría en otros filósofos “sensocomunistas” ajenos a la Escuela Escocesa, como el francés Victor Cousin (1792-1867) o los españoles Jaime Balmes (1810-1848) y Francesc Xavier Llorens i Barba (1820-1872), pero sobre todo, lo haría sobre el pragmatista norteamericano Charles Sanders Peirce (1839-1914) -quien llamó a su “pragmaticismo” un genuino “sensocomunismo crítico” - y sobre el filósofo analítico inglés George Edward Moore (1873-1958). Otros autores de los siglos XIX y XX sumamente importantes para la filosofía del sentido común y mayor o menormente alejados de la obra de Thomas Reid, serían el pragmatista estadounidense William James (1842-1910); el espiritualista francés Henri Bergson (1859-1941); los filósofos fenomenólogos germánicos Hannah Arendt (1906-1976) y Alfred Schutz (1899-1959) y los sociólogos contemporáneos Anthony Giddens y Pierre Bourdieu. La filosofía contemporánea del sentido común incorpora especialmente al filósofo canadiense Lynd Forguson y a una creciente serie de estudiosos y comentadores anglosajones de Thomas Reid y de la Escuela Escocesa, por ejemplo, Keith Lehrer, Ronald E. Beanblossom, Alexander Broadie, Paul Wood, Derek R. Brookes o Nicholas Wolterstorff. Todos estos autores han nutrido desde distintas perspectivas y con diversos énfasis una visión del sentido común que evita su confusión con el saber ordinario, la noción elemental de las cosas o la simple ideología histórica dominante. ¿Qué podemos decir ahora que es el sentido común? Propongamos que, en principio, el sentido común es la forma específicamente humana de percibir el mundo, y también de entenderlo y de actuar en él. Por la forma específicamente humana, comprenderíamos la propia de nuestra especie humana, es decir, la especie homo sapiens sapiens. Al respecto de la forma humana percibir el mundo pudiera hablarse, por ejemplo, de ese modo cómo percibimos los objetos del mundo, con ciertas características visuales, auditivas, táctiles, olfativas o gustativas diferentes de las que alcanzan a tener, en su percepción del mundo, otras especies animadas sintientes o percipientes, verbi gratia, las hormigas, las ballenas, los perros, los gatos o los chimpancés. Es bien sabido, por ejemplo, que las águilas o los halcones pueden ver a la distancia objetos imperceptibles para el ojo humano; que los perros son capaces de olfatear cosas inaccesibles para nuestro olfato o que el propio sentido humano de la vista logra ver el color azul que les está vedado a las ballenas o las focas. El ojo humano ve colores y formas que no llegan a percibir en las cosas otras especies animales videntes y no percibe colores y formas que sí ven aquellas otras especies. Lo anterior pudiera movernos a pensar que cada especie sintiente o percipiente vive o se desenvuelve en su propio mundo, el cual estaría dotado de sus respectivos objetos, inexistentes para los miembros de otras especies diferentes. Sin embargo, aunque en ocasiones ocurra que ciertas especies animales se percaten de realidades inaccesibles para otras especies, lo más convincente será suponer que los objetos producen -o no- impresiones en los distintos órganos sensoriales, de manera tal que éstos les proponen signos diversos a las mentes de las especies percipientes, mismos que ellas pueden interpretar para percatarse del mundo y conocerlo en diferentes grados -más elevados en la especie humana y la ciencia que ésta puede desarrollar-. Por ejemplo, los objetos que producen en el ojo humano la sensación del azul no causan esta misma sensación en los ojos de los mamíferos marinos (los cetáceos o los fócidos). El cielo o la inmensidad del mar, concretamente, son interpretados en su existencia por las focas y las ballenas mediante signos distintos a los que recibe el sentido de la vista en los seres humanos, a manera de sensaciones diversas del color azul “celeste” o el azul “marino” que nosotros identificamos. El mundo no es como nos lo representamos los humanos, ni siquiera aparentemente. Más bien, sabemos que existe un mundo y que éste pudiera ser de tales o cuales maneras gracias a aquellos signos que son, en rigor, nuestros datos de los sentidos o nuestras percepciones sensoriales. Hay, pues, una forma específicamente humana de percibir el mundo asociada a determinados mecanismos o principios para interpretar las percepciones que tenemos de él, y esa forma y tales principios serían ya una parte del sentido común humano; del sentido común que tenemos, en general -y a pesar de ciertas diferencias y deficiencias-, todos los miembros maduros o madurados de nuestra especie animal humana: nuestro sentido común “común” -gustamos decir nosotros-. Thomas Reid destacaría ya la realidad y la posible consistencia de algunos principios que intervienen en la percepción humana y que nos permiten interpretar cuanto percibimos. Ejemplos de esos “primeros principios del sentido común”, como él los llamaría, son el que propone que creemos en la existencia real de todo cuanto percibimos con plena claridad y en las circunstancias adecuadas para ello, o el que establece que aceptamos una cosa como una y la misma aunque la veamos desde diversos ángulos y distancias. Empero, no solamente hablaría Reid de “primeros principios del sentido común” relativos a la percepción. También se refirió a primeros principios vinculados a la memoria, el razonamiento, la imaginación o el comportamiento, incluso. Nuestra forma específicamente humana de percibir el mundo es también una forma específicamente de entenderlo y de actuar en él. Buenos ejemplos de “primeros principios del sentido común” que ilustran lo anterior son, digamos, aquél asociado a la memoria que indica que creemos en la existencia real de todo cuanto recordamos con plena claridad y en las circunstancias adecuadas para ello; o aquél vinculado al razonamiento que dice que es imposible que una cosa sea y no sea al mismo tiempo; o aquél otro relacionado con el comportamiento que señala que nunca debemos hacer a los demás lo que no nos gustaría o lo que consideraríamos inadecuado que ellos nos hicieran a nosotros en las mismas circunstancias. En principio, entonces, el sentido común es la forma específicamente humana de percibir el mundo y aun de entenderlo y de actuar en él, pero a partir de esta forma quedaría en claro que los mecanismos con los que “funcionamos” en nuestro contexto mundano son algo más que principios de interpretación de lo percibido, lo recordado o lo pensado -inferido racionalmente o imaginado-. La interpretación, en efecto, sería una de las instancias posibles de ese juicio o enjuiciamiento de todo lo que hacemos, percibimos, recordamos, razonamos o imaginamos o concebimos. En última instancia, los principios del sentido común son principios para juzgar, para enjuiciar. Un juicio no es sencillamente una proposición compuesta de sujeto y predicado, articulable con otras proposiciones que serían elementos simples o básicos del razonamiento lógico. Un juicio es, en rigor, el veredicto o sentencia que emitimos ante la ponderación de evidencias de diferentes clases -perceptibles, memorísticas o racionales- y con la ayuda de un código de principios para juzgar que es, en principio, cultural, pero es, a final de cuentas, el propio de nuestra especie humana en tanto que primeros principios del sentido común “común” a todos nosotros como seres humanos. La primera de las concepciones del juicio mencionadas sería la noción “logicista” del mismo que se puede identificar con claridad, por ejemplo, en Immanuel Kant, y la segunda sería la concepción “tribunalicia” del juicio que esbozó tan perspicaz y atinadamente Thomas Reid. De acuerdo con esta concepción “tribunalicia” del juicio o del juzgar o enjuiciar, misma que equipara la mente con un tribunal de justicia que juzgara a cada rato y en todas las circunstancias -“esto que veo es un libro”; “eso que dices está equivocado”; “esto que hago es impropio”; “eso que me muestras es cómico, o es sublime”-, juzgar es ponderar evidencias para emitir sentencias sobre la base de principios para juzgar; principios que, desde luego, son inicialmente culturales, pero también son a fin de cuentas los propios de nuestra especie y de nuestro sentido común humano. La capacidad del juicio -una auténtica capacidad mental como la de percibir, recordar, imaginar o razonar- generalmente pasa inadvertida y es confundida con otras capacidades mentales, cuando en realidad ella se ve enriquecida por todas ellas y debe distinguirse de ellas. Juzgan todos los seres dotados de mente; juzga, por ejemplo, el guepardo que decide cuándo es el mejor momento de lanzarse a correr para atrapar a la gacela que le puede servir de merienda; juzga el chimpancé si acaso el signo que se le pone enfrente quiere decir lo que le ha enseñado el primatólogo; juzga ese ser humano que piensa por quién votar en unas elecciones, o que evalúa la acción que se le presenta en una película como viable o como encomiable, con el propósito de concluir si esa película es “buena” o es “mala”. Pero a pesar de que todos los seres humanos juzgamos, no todos somos juiciosos o capaces de juzgar siempre con corrección. Existen acciones humanas y existen personas que revelan “buen juicio”, al que también se le llama “buen sentido” o “sensatez”. Al buen sentido o a la sensatez, que no abunda todo cuanto se quisiera entre los seres humanos de cualesquiera tiempos y lugares, se le identifica con el sentido común cuando se afirma que “el sentido común es el menos común de los sentidos”, y esto nos da la clave para saber aquello que, en última instancia es el sentido común, a saber, no otra cosa que sensatez, buen sentido o buen juicio: sentido común “sensato”, desgraciadamente no tan común como sería deseable, aunque perfectamente factible en todos los seres humanos por el simple hecho de que cuentan con sentido común “común”. En última instancia, pues, el sentido común es madura, oportuna y atinada capacidad de juicio; es sensatez o sentido común “sensato”, mientras que en principio o en primera instancia, sería la forma específicamente humana de percibir el mundo y de entenderlo y actuar en él. Pero dado que esto es lo que pudiera comprenderse, plausiblemente, por el denominado sentido común -pues el propio sentido común recomendaría no concebir tal caracterización como aquélla definitiva o como la única completa, sensata y adecuada- procede ahora preguntarnos, finalmente, cuál sería el papel del sentido común “común” y “sensato” en la investigación científica en general y en la científico-social en particular. Conocer el mundo no es sólo cuestión de pararse frente a él, abrir nuestros sentidos corporales, pensar en todo lo que estamos experimentando y decir, sencillamente, cómo es dicho mundo. Conocemos de hecho el mundo a partir de una serie de presupuestos teóricos o conceptuales que nos revelan diferentes aspectos de él, a veces esenciales y a veces accidentales. El conocimiento se realiza siempre desde cierto punto de vista y desde determinadas condiciones a priori, ya sea culturales o naturales, mismas que dan forma a nuestras hipótesis y teorías sobre algunas realidades mundanas, que hemos querido conocer porque ellas nos han planteado problemas prácticos o teóricos de diversas clases. Además, los puntos de vista desde los cuales se desarrolla nuestro conocimiento acerca del mundo, parten de posiciones locales y temporales particulares y distintas. Un sabio medieval parisino vería el mundo, gracias a su cultura, sus concepciones, sus preocupaciones teóricas y prácticas e incluso sus intereses materiales, de un modo muy diverso de cómo podría verlo un florentino del Renacimiento o un londinense del siglo XIX. Nuestras hipótesis y teorías en torno a la naturaleza del mundo se pueden configurar y organizar a partir de los paradigmas científicos que identificara Thomas S. Kuhn (1922-1996) y sobre los cuales hicieran precisamientos importantes filósofos como Imre Lakatos (1922-1974) o Larry Laudan (1941). La eficacia de los paradigmas (Kuhn), programas de investigación científica (Lakatos) o tradiciones de investigación (Laudan) a que dan lugar todas las ciencias o todos los saberes disciplinarios, sin embargo, ha sido a veces interpretada o, de plano, malinterpretada -debido en ocasiones a las sugerencias mismas de alguno de estos filósofos (Kuhn) o bien de otros como Paul Feyerabend o Michel Foucault- acaso como un triunfo del relativismo cognoscitivo y científico y del escepticismo filosófico, según los cuales: 1) Las teorías y paradigmas construyen o inventan su propio mundo y son incapaces tanto de traducirse satisfactoriamente al lenguaje de otras teorías y paradigmas, como de comprender ellas mismas a esos lenguajes ajenos, y 2) Desde luego, las teorías y paradigmas científicos no encierran un conocimiento “objetivo” del mundo o cuando menos plenamente convincente, en modo tal que su despliegue pueda arrojar un “auténtico” conocimiento o una ciencia verdaderamente cabal. La aceptación de los llamados paradigmas científicos ha dejado en claro que la ciencia no es siempre una actividad racional. A veces, los científicos apuestan irracionalmente a determinadas teorías y paradigmas y obtienen de este modo éxitos heroicos o espectaculares fracasos, gracias a semejantes apuestas. Sin embargo, nos gustaría defender la hipótesis de que la ciencia, la cual se realiza siempre desde ciertos programas y tradiciones de investigación, también es indefectiblemente una actividad razonable y no debemos olvidar que lo razonable no es otra cosa que lo sensato. Un sinónimo del término “razonable” es el término “sensatez”. Si la persona racional busca a toda costa la coherencia con algunos principios específicos, la persona razonable tiene siempre razones sostenibles para pensar o actuar como lo hace, razones que pudieran no ser de la cabeza, sino del corazón -por cursi que nos parezca este filosofema de Blaise Pascal (1623-1662)- y que revelan, ante todo, juicio, “buen juicio” o “buen sentido”. Todos los científicos quieren siempre ser sensatos en tanto que científicos, y desde luego que en ocasiones lo son y en ocasiones no lo son, pero cuando pueden serlo efectivamente, su razonabilidad o su sensatez rinde frutos, produce resultados que no son sino los “descubrimientos” o los logros que hacen progresiva y progresista su tradición de investigación. Empero, es por supuesto que la razonabilidad del científico no garantiza, en rigor, que éste alcance siempre la verdad. Como dijera Larry Laudan, la historia de la ciencia está plagada de “príncipes que se convirtieron en ranas” y no tanto al revés, ya fuera porque ciertas hipótesis tuvieron un éxito contundente que no se merecían, o porque dicho éxito era merecido aunque habría de ser rectificado o corregido por hipótesis de mejor calidad. Aquello que la razonabilidad del científico parece, pues, garantizar, es que 1) Él considere asequible siempre a la verdad y distinguible, asimismo, del error, y 2) Que el científico considere también que la verdad absoluta es inasequible, es imposible de lograr, y que sólo puede accederse a verdades, relativas, incompletas y depurables o rectificables y acaso a errores, esos sí, absolutos. Falibilismo suele llamarse a esta postura que reivindica el propio sentido común “sensato”, la sensatez, sólo que falibilismo no equivale a escepticismo; no implica una negación radical de la posibilidad de conocer efectivamente al mundo, así sea de un modo incompleto y parcial. Hace ya mucho tiempo que los científicos dejaron de pensar que sus ciencias producían verdades absolutas y completamente inobjetables. Hoy es claro que los científicos creen en la verdad como algo diferente de lo erróneo y en cuya búsqueda están comprometidos, auque también piensan que todas sus hipótesis, más que verdades indiscutibles y contundentes, son conjeturas plausibles que se pueden sostener mejor que otras conjeturas en el pasado y, ojalá que también se sostengan peor que otras en el futuro. En conclusión, nos interesa destacar en este momento que el papel del sentido común en la investigación científica, “natural” o “social”, no es el de un mero telón de fondo a eliminar por la propia investigación científica. No debiera confundirse al sentido común con cosas tales como el saber ordinario, las visiones simplistas del mundo o de la vida o las mentalidades culturalmente impuestas a los individuos de determinados momentos y lugares. El papel del sentido común en la investigación científica es el de hacer valer en ella la sensatez; la madura, oportuna y atinada capacidad de juicio; la razonabilidad. Con plena independencia de sus teorías y programas de investigación, los científicos asumen tácita y permanentemente ciertos principios “de sentido común” que son aquellos mismos que les permiten continuar haciendo ciencia. Ellos juzgan, por ejemplo, que hay que distinguir a la verdad del error o a lo verdadero de lo erróneo; que las cosas no son justo lo que aparentan; que existen realidades dignas o necesarias de ser conocidas; que los objetos de conocimiento no se deben confundir nunca con nuestras concepciones acertadas o equivocadas de ellos; etc. Es preciso tomar en cuenta que los principios del sentido común tienen siempre una expresión cultural e históricamente acotada, y por lo tanto, una formulación vaga, parcial y perfectible. Charles Sanders Peirce llamaría la atención sobre este punto al considerar los “primeros principios del sentido común” de que hablara Thomas Reid. Pero aquellos principios “necesariamente vagos”, como apuntara Peirce, sin duda “están” allí y son tomados en cuenta por los científicos de toda clase, que al defender la sostenibilidad de sus respectivas teorías y lo erróneo de aquéllas otras, sus contrincantes, defienden con ello al sentido común mismo. Las ciencias operan, así, sobre ciertos principios del sentido común “común” y se desarrollan apelando al sentido común “sensato”. Especialmente las disciplinas científico-sociales, es decir, la sociología, la historia, la politología, las ciencias de la comunicación, las variedades de la psicología, etcétera, pudieran aclarar la naturaleza de tales principios sobre los que descansa no sólo la ciencia misma, sino además todas aquellas actividades que abarcan las culturas de los seres humanos. Inclusive la política, por ejemplo, necesita estar apoyada sobre el sentido común para llegar a ser funcional o ser eficaz. Una cosa que señaló hace muchísimo tiempo, por ejemplo, un oaxaqueño inmenso, continúa siendo la clave de la solución sensata de muchos actuales problemas en nuestra vida socio-política mexicana: “entre las naciones, como entre los individuos, el respeto al derecho ajeno es la paz”. Que viva la sensatez que rezumaron siempre estas palabras vigentes de don Benito Juárez y desde luego, también aquella sensatez que tanto requieren los políticos, los ciudadanos, los científicos y los filósofos de México y el mundo entero. |
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