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La Soledad

 

Carmen Ramos

 

Antes que nada, me gustaría dejar claro que esto es sólo una reflexión; no es un estudio sociológico, no es un análisis psicológico; no es una terapia. Esto es sólo una reflexión en la cual intento  atisbar en un mundo que ante todo se circunscribe en la intimidad; por eso es imposible abarcarla y explicarla de una vez por todas. En todo caso, sólo es mi propósito despertar algunos puntos de interés que puedan servir para acercarse al tipo o forma de soledad que estamos generando alrededor nuestro.

 

¿Por qué encuentro necesario pensar la soledad? Repensar la soledad, es repensar nuestra condición humana. Repensar en la actual modernidad y su desarrollo tecnológico, así como en sus efectos: el ser humano como consumidor y cercenador de su vida íntima.

 

Hablar de la soledad no es fácil, principalmente porque la soledad es una experiencia personal, y a veces no sabemos cómo fue que llegamos a ella, no sabemos identificarla, no sabemos hablar de ella o, simplemente, no queremos saber nada de ella; otro tanto se nos pasa la vida rehuyéndole, además, hay tantas soledades como individuos somos, como tantas culturas somos y tantas soledades como experiencias tenemos.

 

No obstante, el sentimiento y la experiencia de la soledad son universales, no así la conciencia de su vivencia; siendo un tema investigado por filósofos, psicólogos y principalmente poetas, la soledad actual es vivida cotidianamente como una experiencia que debe ser alejada de nuestra vida, es mal vista, es anormal, es vergonzante, es insufrible o peor, cuando se desea y se logra ya no se sabe qué hacer con ella.

 

Esto, a mi parecer, muestra la creciente conflictividad por no decir imposibilidad de vivir con el otro, poniendo en entredicho nuestra capacidad de vincularnos, de relacionarnos y de superar la experiencia, al parecer cada vez mayormente traumática, no sólo de la diferencia del otro, de la incomprensión de ambos, sino de la absoluta indiferencia y pereza por acercarme al otro. Sus consecuencias: el sin sentido y la deserotización del encuentro.

 

Si partimos de que la soledad es una construcción social igual o distinta a como puede ser el amor, comprenderemos que como tal responde a un imaginario cargado de símbolos. Así como en el amor el encuentro de unas miradas, el roce de unas manos, las caricias en el cabello, se traducen como formas o síntomas de enamoramiento, así la vivencia de la soledad se traduce en cuerpo, afectos, conocimientos, carácter.

 

En este sentido se ha hablado de soledades profundas como la de Jesucristo, imagen de la duda, de la posible desesperanza, de la entrega absoluta en abandono, más evidente en el Monte de los Olivos; la soledad de Sor Juana Inés de la Cruz, soledad intelectual, soledad espiritual, soledad del rechazo, del encierro; la soledad mística y erótica como la de Santa Teresa de Jesús; pero también tenemos la soledad del reo, del marginado, del líder, del enamorado, del artista, del abandonado, entre otros; soledades con un carácter propio y que se concretan finalmente en un entorno social al parecer no humanamente construido.

 

Aproximándome al universo de la soledad me he preguntado de antemano ¿Qué hace ser a la soledad? ¿A qué nos referimos cuando hablamos de la experiencia de la soledad? ¿En qué radica el hecho de sufrir o gozar la soledad?

 

Respondería de entrada que pensar y concientizar la soledad implica detenerse, pararse, observarse, escucharse y, sobretodo, sentirse. Ya que en la mayoría la experiencia de la soledad nos enfrenta con el miedo y el temor a lo desconocido, la experiencia de la soledad la percibo, de entrada, con un enfrentamiento con el caos, con la nada y, actualmente con el desorden de la satisfacción o insatisfacción perenne.

 

Identificar a la soledad como un sentimiento y una vivencia nos compromete en el reconocimiento no de uno sino de varios sentimientos: la tristeza, la angustia, la desesperación, la melancolía, el aburrimiento, la ausencia del otro, la ausencia de espacio, el abandono, la amargura, la desolación, la esperanza, el aislamiento, el recogimiento y la paz. A partir de su conjugación o la  preeminencia de alguno de ellos, la soledad adquiere distintas formas de ser y con ella distintos tipos que dependen de la personalidad de cada quien. Jaime Rodríguez Sacristán, médico escritor español, elaboró una tipología de la soledad de acuerdo a lo afectivo, lo cognitivo y el comportamiento; de ahí habla de una soledad de forma, de estado, interna o social. Sin embargo, en su interés por hablar o de construir lo que él llama una “constelación de la soledad”, señala un síntoma y una estructura general a la soledad, de la cual voy a partir: la conjugación de angustia con vacío-espacio, dolor y tiempo.

 

Saber si esta estructura se cumple actualmente o no radica en la percepción que nosotros tenemos de nuestra relación con el tiempo y el espacio, se centra en la necesidad  y la vivencia que tenemos con respecto a la sensación de vacío que puede ser falsa o no y la actitud que tomamos ante ella que puede ser angustiosa o gozosa. Y si la vivencia de la soledad la percibimos de entrada sólo como una forma de aprehender el entorno social en el cual nos movemos actualmente, que es el logro del éxito en cualquier forma y de manera inmediata, sentiremos la soledad como una carencia, y nuestra manera de actuar se regirá de acuerdo a la presión del tiempo: correremos o deambularemos entre un ir y venir por llenar ese vacío. Pero lo importante es reflexionar si ese vacío es realmente nuestro o acaso lo compramos, lo adoptamos como nuestro a partir de una exigencia externa por vivir de acuerdo a ciertos códigos sociales; así valoraremos su peso, su gravedad o su realidad.

 

Si consideramos al dolor como parte intrínseca de la soledad, entonces ésta puede ser vista como una iniciación o vía de conocimiento de mi ser en el espacio y en el tiempo. Puede o no vivirse como desgarramiento, como ruptura, pero en dado caso habría que darle al dolor un valor de acercamiento a mi propio ser, a mi estado no sólo mental sino corporal. Así, la soledad como vivencia es una experiencia de aprendizaje personal que nos dispone a tomar y decidir por ciertas conductas y actitudes ante la vida y nos enfrenta con el universo, principalmente con la existencia de los otros y la necesidad íntima de estar con los demás. Los cuentos de hadas, los sueños americanos, la espera por los príncipes o las princesas, si bien han sido construidos para resaltar valores o virtudes, también es cierto que han sido fundamentados en la necesidad de los otros, de esa mayoría que quieren que de fuera les venga la respuesta a las preguntas que siempre e inevitablemente nos hacemos en soledad: ¿quién soy? y ¿dónde estoy?

 

En este sentido, reconozco a la soledad como un proceso. Proceso que implica transformación, cambio, sin juicios de valor, sin determinar dirección, ni profundidad, ni destino. Sólo la soledad que nos envuelve, en la que no supimos si llegamos o nos empujaron, si fue necesaria o buscada; en la que me percibo, en la que reafirmo mi existencia.

 

Para Octavio Paz en su libro El laberinto de la soledad, la soledad no se inicia sino con la separación que nos lleva a sentirnos solos y ahí empieza la búsqueda, la necesidad de completarnos. Vivir, diría Paz, se convierte en un proceso dialéctico. Proceso en el que el ser humano llega al fondo último de sí mismo, llega a conocer de qué está hecho. Si nacemos solos, vivimos solos y morimos solos, la relación, la distancia entre cada una de estas experiencias se matizará de acuerdo a si vivimos ciertamente solos o si vivimos con o en los otros; la vivencia y la intensidad de cada una variará de acuerdo con la obtención del deseo y la satisfacción, del fracaso y la frustración, del grado de odio o amor, de convivir con la ausencia o de perpetrar la compañía.

 

Siendo así, diré que hablar de proceso implica un encanto o desencanto entre contrarios. Implica un encuentro y desencuentro con la realidad. Algunos podrán definirlo como una soledad cósmica o una soledad social. No importa, porque en este sentido quiero rescatar el valor dinámico y vital del sentimiento y la experiencia de la soledad a través de su dialéctica.

 

La dialéctica no es otra cosa que el encuentro de dos o más elementos que se contraponen y que a la vez se complementan, no existe uno sin el otro, e independiente del carácter particular de esos elementos, se sufren transformaciones al interior y al exterior de ambos. Uno no podrá declarar su existencia o negarla  sin reconocer la presencia del otro. Visto así, el elemento primero, contrario y, en algunos casos, extremo a la soledad es el amor. Símbolo de complementariedad, pero también fuerza regeneradora y vital. Es así que el espacio y el tiempo habitado de un extremo a otro varía no sólo de acuerdo con la decisión  o con el deseo de llegar al otro, sino de acuerdo con el origen y carácter de cada persona. Sin afán de adentrarme en el proceso o trayectoria que va del nacimiento a la muerte, cada etapa  de vivencia con relación al entorno se define por mi descubrimiento como un ser distinto a los otros: somos yo y los demás. Dialéctica de vida que empieza con un desgarramiento, un desarraigo para salir en búsqueda perpetua para encontrar a ese otro, que no es sino también búsqueda de sí mismo.

 

Estableciendo una relación con este mundo a partir del lenguaje, el juego, la metáfora o el conocimiento, se confirma mi carácter ambivalente y ambiguo: de la soledad a la unión y de ésta a la soledad… y entre ellos yo. En un habitar y deshabitar me vivo en una contradicción perpetua, de la dicha a la insatisfacción, de la pena y del dolor a una felicidad, que para mí no sería más que una certeza  en la que también me descubro libre, con todo lo que esto implica: decisión, derecho de dudar, voluntad de seguir o, también, por qué no, parar, sólo parar y contemplar o, simplemente, no decidir nada. Algunos poetas, como Unamuno, encontraron que la soledad es la gran escuela de sociabilidad y que “el solitario piensa en voz alta, y es capaz de comprender a los demás diciéndoles lo que ellos piensan en voz baja”.  Sin embargo,  dice Paz, la soledad es una purgación, un exilio en que nos vemos frente a la expiación propia, una purgación de la que saldremos a establecer nuevos vínculos con los otros; de ahí que una expiación pueda ser interrumpida o ininterrumpida, y en ambas nos perderemos o nos encontraremos. 

 

Entonces, si hablamos de una soledad que nace del desgarre, estaremos hablando de una forma de soledad que se identifica más con el dolor, pero no todas la formas de llegar a la soledad o de vivirla pueden ser vividas como tal, en algunos casos se llega de manera serena, se relacionan más con un acto de decisión o de encontrarse con ella a partir de la necesidad de redefinir vínculos, implicando otro tipo de sentimientos que bien pueden ser de alegría, de esperanza, de tristeza, etc.

 

No obstante, creo que, sea el camino que se escoja o se viva, nos enfrenta con el hecho de la pérdida, no sólo de algo o de alguien, sino de la pérdida, que no abandono, de ciertas formas de percibir la vida; y en algunos casos que se viven en extremo, nos enfrenta con la nada, con la caducidad de las cosas y por tanto, con la existencia de la muerte.  Estas vivencias, repito, pueden ser desgarradoras o no, lo importante es el valor o la gravedad que le imprimimos en las vías que elegimos, como vías de conocimiento, como generación de nuevos sentimientos y afectos y como elección de conducta ante, y esto vale para todos, el espacio y la percepción del tiempo. Entonces, acercarse a la vivencia de la soledad, es identificar la manera en que vivo el dolor, la felicidad, mis deseos, mis fracasos, mis frustraciones en el espacio donde me ubico y defino como mío o no, y del tiempo vivido a través de  mi propio cuerpo. Si pongo en relación y mi sentir del cuerpo con el espacio no sólo estoy diciéndome dónde estoy, sino cómo estoy. Cómo me relaciono con él, con mi cuerpo y con los objetos que me circundan.

 

En la vida cotidiana, creo yo, no todo el tiempo nos estamos enfrentando con la nada cósmica, universal, ni con la pérdida, pero todo el tiempo y en todo espacio mi cuerpo está siendo afectado  por una infinitud de sensaciones; bloquear o no la vivencia es una actitud que yo asumo ante mi ser, que también me relaciona con mi sensación o con mi intuición de sentirme solo, de saber que estoy solo o de haber decidido estar solo. De allí mi experiencia será de conflicto, de adaptación y de inconsciencia o conciencia de mí mismo; me relaciono con mi pulsión vital, de la cual se generan las distintas interpretaciones de vida, las distintas formas de soledad.

 

No es lo mismo estar solo, que vivirse solo, que sentirse solo y ser de carácter solitario. La distinción parte, de la vivencia erótica, no sólo con los demás sino con los objetos, y la existencia de vínculos afectivos.

 

Estar solo remite a una ubicación en el espacio, en el que no importa que se cuente con los vínculos afectivos necesarios; pues se caracteriza por la ausencia de ese otro, contándose con los objetos o las cosas que permiten mantener una correspondencia consciente o no con los sentidos y en la que, quizá, pueda establecerse una relación sensual con ellos. El tiempo se vive como parte de esa experiencia, podríamos decir que puede depender de una decisión propia o de una situación que se cree necesaria, que enfrenta con sentimientos y experiencias nuevas y que no necesariamente se vive de manera angustiosa.   

 

El vivirse solo es una experiencia parecida, pero normalmente es vivida de manera consciente y puede estar acompañada de angustia, dolor, y requiere de una decisión propia para vivirse de manera gozosa o no. La ubicación con el espacio y la vivencia del tiempo se ven afectados por el tipo de carga emocional que el individuo contiene y que le otorga un sentido existencial, es decir, los asocia con su sensación interna. De esta forma se ve alterado todo su entorno hasta el hecho de que puede vivirse en compañía.

 

Sentirse solo se relaciona más con una sensación de carencia, que se vive de manera angustiosa. y que aunque se encuentre acompañado, esta carencia está más relacionada con un vacío interno y que altera, a veces de manera extrema, los sentidos; bien puede no ser existencial porque se relaciona más con una creación de universos fantasiosos, elaboración de sueños o utopías carentes de toda referencia de la realidad. El espacio se vive en momentos como algo ajeno y a veces dañino, lo que no permite una experiencia sensual y mucho menos gozosa con nuestras relaciones en general, o simplemente no nos parecen extraordinarias; acercándose, de esta forma, a una vivencia más bien inconsciente por la incapacidad de identificar cuáles son las circunstancias que nos permiten vivirla de esa manera, hay un bloqueo de emociones o una exacerbación de ellas.  El tiempo tiende a volverse opresivo en grado extremo, porque cotidianamente es un sentimiento que vive la mayoría y que produce, en cuanto a actitudes, una emergencia o una urgencia por vivir inmediatamente y /o vivir la inmediatez del presente. En este sentido sentimientos como la huida, la evasión, el dolor, la tristeza, la depresión, la desvitalización, el olvido, la negación, se viven constantemente como estados latentes y en algunos casos como algo interminable; más que ser vías de conocimiento se convierten en formas de aislamiento, cerrazón y abandono. Evidentemente, aunque pueda contar con lazos afectivos, no se viven de manera disfrutable y pueden llevar a un rompimiento con esos vínculos de manera violenta y agresiva para el propio individuo. Se puede extrañar y desear la presencia del otro, pero se ve incapacitado para establecer o reestablecer las vías de comunicación.

 

En cuanto al carácter solitario, ante todo se atribuye a alguien que ha asumido de manera voluntaria su estado, que lo goza, que no implica romper vínculos, al contrario, los solidifica, se puede hasta volver selectivo en el tipo de vínculos que establece, pues siendo consciente de su vivencia es un ser que procura desarrollar y vivir la experiencia de la erotización en todo momento, establece un relación erótica con el objeto que le permita desarrollar su creatividad y vivirla en el mismo instante que se relaciona con él. De igual manera puede romper vínculos y  procurar reestablecer otros; por lo cual también procura estar solo y vivirse solo. Ejemplos: los poetas, los escritores, los pintores, los místicos. La gente de carácter solitario no sólo vive los sentimientos de soledad como vías de conocimiento, no sólo los puede sufrir y gozar, sino que procura que estas experiencias lo lleven a otro lado, lo desplacen de su centro, de su estado de seguridad. Se pone en duda y a prueba. Algunos, de hecho, no viven la soledad como experiencia de soledad, sino como una experiencia de desolación, en la que buscan justamente el vacío y la nada, para poblar, no precisamente de hechos externos, sino de sensaciones internas ese espacio y rehabitarlo de manera distinta, buscan encontrar nuevas cosas que les permitan desplazar su conciencia a otro lugar, sea afectivo, emocional, de pensamientos, corporal. El tiempo no es así un factor opresivo, sino se convierte en un elemento de cooperación,  de motivación  y parte esencial en el cumplimiento de un propósito.

 

En este sentido, considero a la soledad como un riesgo, una rebeldía y una provocación. Riesgo  de quedar aislado,  de ser rechazado, de olvidar, de vivir en la indiferencia, entre la culpa y el exilio, entre el encubrimiento perpetuo y entre los vínculos dependientes. Es una rebeldía porque descubro el valor del silencio, su cualidad, conciencia de lo perecedero y presencia en el presente. Y mejor aún, es una provocación porque me reconozco y redescubro la imaginación, la imaginación como posibilidad, como elección, como el vínculo necesario entre los sentidos y la experiencia erótica con el mundo.

 

Así es que si el sentimiento de soledad está en relación directa con el entorno social, la soledad no siempre es vivida como experiencia, ni a veces es necesario que se viva como tal, en pocas palabras, no siempre se vivirá como el fondo último de la condición humana sino como su  comportamiento externo.

 

Si afrontamos que la soledad es la síntesis del hecho social, como señala Marc Auge, antropólogo y etnólogo francés, entonces estaremos hablando que la soledad en el ámbito cotidiano y en el tipo de modernidad que habitamos, la imagen de soledad, es la de un ser anónimo, paradójicamente poblado de excesos; retomando a Auge, exceso del tiempo, existencia de sobrecarga de sentidos; exceso de espacio, achicamiento del planeta en la efervescencia de la existencia de “los no lugares”; exceso del ego del individuo, producción de individualidad de sentidos que no siempre estarán en correspondencia con el sentimiento de soledad del otro.

 

La reivindicación de la cultura como una forma de lucha contra la soledad, porque su función es la de tejer vínculos y dar sentido, se ve determinada por una completa masificación y homogeneización del gusto. Por potro lado, la amplia posibilidad de abrir circuitos de comunicación rápidos y efectivos ha fomentado, contrariamente, que la comunicación como encuentro vital se vea reducido a espacios virtuales o a la creación de espacios anónimos que Auge determina como los “no lugares”. “Si un lugar -dice Auge- puede definirse como un lugar de identidad, relacional e histórico, un espacio que no puede definirse ni como espacio de identidad ni como relacional ni como histórico, definirá un no lugar... un no lugar no se cumple nunca... y no postula ninguna sociedad orgánica”  Ejemplos: centros comerciales, redes de transporte, bancos y aquellos servicios donde el diálogo se efectúa digitalmente, estaciones de espera (aeropuertos, estacionamientos, etc) ciber-cafés que, haciendo una mención especial, se convierte en la creación de relaciones fluctuantes, creación de mundos flotantes, sin geografía específica, sin compromisos, diría Auge “madeja compleja, de las redes de cables o sin hilos que movilizan el espacio extraterrestre a los fines de una comunicación tan extraña que a menudo no pone en contacto al individuo más que con otra imagen de sí mismo”.

 

Condiciones sociales que procuran una sobreestimulación de los sentidos que encuentran en

la pantalla televisiva su mejor conductor, un exacerbamiento y una velocidad de imágenes en las que la información, más que conocimiento, es una descarga de referentes, de sentimientos y de sensaciones que paralizan la reflexión y obstruyen el sentido de la contradicción humana como una condición de autoconocimiento.

 

Sin afán de hacer un análisis de la obra de Auge y mucho menos de ejercer un juicio de valor, me es interesante rescatar la definición de los “no lugares” como imagen inmediata y concreta de nuestra condición actual: la de un transeúnte perpetuo, de seres en tránsito constante.

 

En esta imagen de sí mismo, vale reflexionar sobre la presencia del otro y la relación con nuestra soledad, y como tal se vuelve necesario pensar a la soledad como sentimiento y vivencia. Si uno piensa o reflexiona la soledad como algo propio de sí mismo, se corre el peligro de caer en una masturbación del propio yo y de entrar en el terreno de la irrealidad, la ilusión y en el maratón del consumismo: que no es sino un continuo deseo de llenar expectativas que creemos necesarias y de vivir la soledad como una carencia permanente, habitar la vida como una angustia, como vacío perpetuo, haciendo de ello una forma de vida. O creando una soledad indiferente, banal; pero no por eso estaremos menos vulnerables; podemos alejar el conflicto de nuestra vida, pero estaremos dando paso a la apatía, al desencanto, a la desconfianza.

 

La aceleración y velocidad de la creación de imágenes e información influye directamente en la producción de un sentido de vida homogéneo y a la vez cambiante que influye en el incremento de la proclama de individualidad, generado a su vez  rompimiento de circuitos de pertenencia e inclusión que afectan directamente la formación de sentido. Así el ser humano actual se presenta como un ser ambivalente; ambiguo, sí, pero proclive a establecer relaciones patológicas de pertenencia, al aislamiento y abandono de sí mismo. De esta forma afirma Boris Cyrulnik, psicólogo y neuropsiquiatra francés, “La vida de los hombres está llena de ambivalencias: sólo puedo ser yo mismo si pertenezco a un grupo que me propone circuitos de desarrollo. Pero si pertenezco demasiado a ese grupo, no podré ser yo mismo, seré lo que el grupo quiera”, con lo cual la libertad se vive como angustia, como soledad dolorosa, como desgarre,  pues nuestras historias se pueblan de un rápido placer a una larga desilusión, en el que las relaciones se ven interrumpidas;  es así que el amor si bien puede ser desconocido o benéfico para algunos,  para otros se convierte en un temor: la pérdida de uno mismo y el trauma del fracaso personal. Paradójicamente, diría Cyrulnik, “el azar deja que los individuos sin pertenencia queden librados a los que se aprovecharán de ellos...a la espera de la suerte que les toque... felices de que alguien los posea... ( y más adelante) al descubrir que no se pertenecen más, comprenden que han llevado la vida de otro”

 

Concluyendo. Se puede hablar así de una soledad sana y otra insana. La diferencia radica no en la productividad  o  la creación propiamente hablando, sino en la posibilidad de esa purgación o expiación por salir renovado al mundo, por esa renovación de vínculos con el exterior. Si el mundo me llena de cosas, de necesidades que me hacen vivir la soledad como carencia ¿Cómo hacer entonces de la vivencia de la soledad una experiencia orgánica y cómo pretender vivirla sin agudizar su parte más insana: marginación, aislamiento, encierro en donde se cercena la comprensión, donde el sinsentido se vuelve agobiante, donde se paraliza la contradicción inherente de cada ser humano,  para profundizar en una soledad que cuestione mi propia manera de estar?

 

Yo diría que la soledad debiera vivirse como un acto de responsabilidad. Agregaría que bien valdría la pena acompañarla de valores como la duda, la capacidad de sorpresa, la capacidad de vivir el ocio, de redescubrir en el aburrimiento o en el hastío el sinsentido del exceso, de la imposición de la necesidad y de la imposición de la carencia y como tal, la soledad impuesta. Enfrentarse al caos, a la nada, al sinsentido, bien requiere detenerse un poco, pararse en él y redescubrir nuestro propio sentido a través de la existencia del otro. Si el mundo nos propone ser muchos en un solo día, cumplir dos o tres o más roles en un sólo día, bien valdría la pena proponernos otorgarles voces y sentido a esos tantos yo que existen en nosotros.

 

Baudelaire decía: “Es cierto que el espíritu de asesinato y de lubricidad se inflama maravillosamente en las soledades; el demonio frecuenta los sitios áridos. Pero esta seductora soledad no es peligrosa más que para esas almas ociosas y divagadoras que no están gobernadas por un importante pensamiento activo... las más espléndidas reuniones de hombres electrizados por un placer común no proporcionarán ninguno comparable al que experimenta el Solitario que, de un solo vistazo, ha abarcado y comprendido toda la sublimidad de un paisaje. Este vistazo le ha conquistado una propiedad individual inalienable”.

 

Pero si asumo que nuestra condición humana actual se centra en el anonimato, en seres en tránsito constante y constantemente metidos en un rol de transeúnte, habría que preguntarse en dónde está la sublimidad en esta sociedad que nos tocó vivir, la de la oferta  impuesta, de los poderosos; o qué tanto podemos admitir que es una forma de protegernos del otro, protegernos del temor a ser descubiertos, conocidos en nuestra propia personalidad, en nuestro propio ser humano. La modernidad o sobremodernidad, como la llama Auge, con su magazín tecnológico, no sólo genera espacios de anonimato, ofrece al ser humano común, miedoso y temeroso, las herramientas indispensables para vivir en aislamiento: el internet, los celulares, los correos electrónicos que, si no matan sí van cercenando lo que consideramos el fondo último del ser humano: la capacidad de dudar, de sorprendernos, de gozar, de disfrutar en convivencia con el otro, al anticiparnos o al bloquear el enfrentamiento vivo con los demás. De esta forma resalto la conformidad, la mediocridad y la negligencia por aprehender del otro nuestra capacidad de enojo, de dolor, de no resignación; de reconocer de qué manera afecta al otro nuestra toma de decisiones, nuestro  compromiso con su propia manera de estar; dejando que el universo nos invada por medio de pantallas y nos ofrezca “a la carta” un sin fin de maneras de deshabitar la vida del otro, que nos sature de ruidos para no escuchar nuestro propio silencio.

 

Actualmente, tal vez no sea tan peligroso tener un alma ociosa. Habría que empezar a identificar cuáles son esos símbolos o imágenes que influyen en nosotros para alejarnos de los demás. Recordando que la soledad, como proceso personal, no es única ni su tiempo de duración depende sólo del deseo del otro. De aquí dependerá sólo de nosotros el tipo de soledad que queramos vivir: ser sobrevivientes llenos de estrategias de aislamiento, o sobrevivientes capaces de reconocer nuestro propio vacío a partir del  vacío del otro, y de ahí, tal vez, empezar a identificarnos con él.

 

 


BIBLIOGRAFÍA

 

 

 

 

-          Amor, Guadalupe, Poesías Completas, Aguilar, Madrid, 1951.

 

-      Auge, Marc, Los no lugares. Espacios del anonimato. Una antropología de la

        sobremodernidad. Gedisa, España, 2000.

 

-     Baudelaire, Charles, El Spleen de París, Fontamara, México, 1989 (pag.151)

 

-     Camus, Albert, El mito de sísifo, Losada, Argentina, 2002.

 

-          Cyrulnik, Boris. Los alimentos afectivos, Nueva Visión. (pag. 94).

 

-          Handke, Peter, La mujer zurda, Alianza Editorial, España, 2002.

 

-          Laforet, Carmen, Nada, destinolibro, Barcelona, 1999.

 

-          Lipovestsky, Gilles, La era del vacío, Anagrama, Barcelona, 2002.

 

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-          Ransom, Roberto, Te guardaré la espalda, Joaquín Mortiz, México, 2003.

 

-          Rodríguez Sacristán, Jaime, El Sentimiento de Soledad, Universidad de Sevilla, Sevilla 1992.

 

-          Unamuno, Miguel de, “Soledad”, en Ensayos.

 

 

 

Nota. Esta reflexión también está basada en una serie de entrevistas realizadas a un grupo pequeño  del ámbito artístico. A los cuales agradezco su colaboración.